La zete Ángela nos amó en árabe y en argentino.
Cuando todos sus nietos íbamos a vacacionar a su bella casa de Buena Vista (Estancias del Aconquija), trataba de conformarnos a todos con su “¿qué queren” que les cocine hoy la zete?” Unos pedían quipi, otros el guiso de porotos, y que por favor no nos falte el puré de garbanzo y el laven (yogur casero). En los desayunos jamás nos hizo faltar su manteca casera que preparaba con la nata de la leche recién extraída de la vaca que le compraba al Humberto, paisano del lugar.
Cuando ocasionalmente solemos reunirnos con algunos primos y surge su
nombre en nuestras charlas, el momento se vuelve mágico. Siempre alguien tiene algo para enriquecer el
anecdotario. Personalmente tengo una imagen de ella tan repetidamente vivida
durante las vacaciones, que la atesoro como una estampita religiosa que pongo
deliberadamente en mi mente cuando necesito mandar al recreo mis pensamientos:
está sentada, con su costurero, remendando las medias de los nietos. Se ayuda
con un dedal, elemento tecnológico de aquella época. Zurcía en árabe y en
argentino, porque mientras usaba un mate para el remiendo, cantaba en su lengua
materna.
Me encantaba participar de esos momentos de costura. Me sentaba en el
suelo y canjeaba mis “cantemé otra,
zete” por sus “bueno, “merdita”, pero
si me le pone el hilo a la aguja”. Y reía y cantaba mientras buscaba la próxima
media.
Todos los nietos coincidimos en reconocerle ese don que tuvo para crear
un espacio de tanta plenitud amorosa.
Por mi parte, siempre que puedo relato ese fin de semana en el que
fuimos con mi hermana Gringa a Andalgalá a despedirnos de ella. Estaba en coma
y muy próxima a morir. Por nuestras actividades laborales solo disponíamos
del fin de semana, así que partimos de
Córdoba un viernes para regresar el domingo siguiente por la tarde.
Pasamos por Chumbicha, Pomán, Saujil, Siján, pueblos que parecen
detenidos por el tiempo, (o al menos así lo parecían en aquellos años de la
década del 80). Viajé tantas veces por aquellos lugares y la llegada a
Andalgalá nunca fue una expectativa que defraudara. Desde lejos se divisa la
cúpula de la iglesia, y luego de un recto recorrido vigilado por montañas que
están al toque de la mano, viene la famosa curva que da entrada a la ciudad. ¡Y
ahí nomás, sombrero en pelada y mano en alto, nuestro abuelo José dándonos la
bienvenida a las hijas de su hijo Nicolás!
¡Abuelo!, gritábamos desde la ventanilla sabiendo que en unos minutos
enviaría a alguien a buscarnos a la plaza donde estacionaba la mensajería, para
luego continuar su recorrido hacia Belén.
Pero esta vez ya no habría abuelo para saludar porque había partido
hacía algunos años de este mundo. Además las emociones eran tan distintas. Ese
fue un viaje en el que, mientras la mensajería iba hacia adelante, mis
pensamientos me llevaban hacia atrás, hacia esa zete que tanto vivenciara en el
Aconquija y en Andalgalá. Era tan doloroso este presente con sabor a despedida,
que pasé el viaje buscándola en mis recuerdos, donde hubo tantas bienvenidas.
Ella fue en sí misma una existencia plena de sentido, con una energía
especial en su mirada libanesa y tantos
motivos argentinos dibujados en sus sonrisas. Siempre me pregunté cómo era
posible que su corazón tuviera tanto amor para dar después de haber sufrido la
terrible experiencia del desarraigo. Amaba amando, de persona a persona, lejos
de la producción amorosa en serie y así nos lo hizo sentir a cada uno de sus
seres queridos: involucrados democráticamente en su corazón, pero con ese toque
vanidoso de habernos sentido su preferido.
Ese fin de semana le faltó a la
casa andalgalense su presencia andariega, sus oraciones del amanecer y el
anochecer en compañía de la Biblia y el rosario, y sobre todo sus tardes de
galería, mate, costurero y su complacencia a mis pedidos de “cantemé en árabe, zetita”.
Ya estaba en coma cuando llegamos. ¡Cuánta vida dormía en la pequeñez de
su ancianidad!
A pesar de la profundidad de su inconsciencia,
la sabía viva, aunque con alas que empezaban a desplegarse porque había un
cielo que la estaba esperando.
Lo primero que hice cuando me quedé a solas con ella fue cortarle un
mechón de su blanco cabello que aún hoy atesora un rincón de mi hogar.
Sus años en el Líbano (¡tan pocos años!) fueron siempre páginas en
blanco, aunque a veces la rondaban palabras como hambre, poca comida, guerra.
Allí estaban los motivos de que la casaran con su primo José y los pusieran en
un barco rumbo a América. Ella 15 años y él, 16.
Nunca más volvieron. Su historia
argentina fue mucho más larga y sus espacios vitales los fue llenando con sus
hijos, nietos, bisnietos y “brimos” y
“brimas” en diferentes puntos del
país.
No le interesaba hablar de ella; más bien se interesaba por la vida de
“sus queridos otros” de quienes encontraba nuevas intenciones para
incorporarlas a sus oraciones.
Y ahora era yo la que rezaba para que se quedara conmigo al menos ese
fin de semana. Me recostaba a su lado, tocando su tibieza, oliendo su fragancia
de agua, jabón y colonia.
Y le hablaba: «mirá lo que me hacés, zetita, vengo desde Córdoba
para estar un ratito con vos y te encuentro durmiendo. Me voy a tener que ir
sin escucharte cantar en árabe. ¿No te da vergüenza, zete dormilona, dejarme con las ganas de escuchar
tus cantitos? ¿Por qué crees que he venido? ¿Para escuchar al quichupai o la
música de plaza? Pero no importa, zetita. La próxima vez que venga me va a
cantar. Duerma tranquila.»
Y me quedaba a su lado el mayor tiempo posible, consciente de esa última
tibieza que me estaba regalando. Cuánto puede decirnos el silencio en momentos
como ese. Emotivo y sagrado momento en el que convergen siembra y cosecha. Y
cuánto más lo fue en el momento que mi hermana y yo nos acercamos para
despedirnos. Gringa desde un lado de su
cama y yo desde el otro, solo atinábamos a mirarla ordenándole a
nuestras lágrimas que no salieran porque nuestras pupilas necesitaban cargarla
en nuestro equipaje. Nos acompañaban nuestros tíos Pepe y Anyel, sus dos hijos
menores que hoy ya están con ella en ese punto infinito del plano espiritual.
Yo solo pude decirle “chau zetita, estoy segura que la próxima vez vas a
cantar, picarona dormilona”. Y en ese preciso instante movió lentamente sus
manos hasta tocar la de Gringa y la mía,
y, sin abrir los ojos, empezó a cantar en árabe. Fue apenas unas estrofas de
vaya a saber qué canción, pero parecía de cuna porque nos “arrorró a todos”
transformando ese momento terrenal en algo sagrado. Sagrado y testimonial del
amor que trasciende fronteras y unifica todos los planos de la existencia.
Se despidió en su lengua materna poniéndole música a su voz frente a dos
de sus hijos y nietos. ¡Qué lujo haber representado a todos sus seres queridos
en ese momento tan sublime! ¡Cómo se puede crear tanta maravilla en los últimos
instantes de la vida! Sólo personas que le pueden poner magia a la realidad lo
pueden hacer.
Ella fue el camino que me condujo a la oración. Fue el costado religioso
de la familia Gazi que hizo de ella misma un santuario (con perdón de los
Santos). Inquieta caminante no solamente
por los espacios domésticos, sino también por todos los vínculos
familiares haciendo de mediadora en los conflictos que nunca faltaron. No se
guardaba el amor; por el contrario, fue amor en puro movimiento que nos llegaba
a todos, nos tocaba y nos envolvía con su fragancia limpia de todo reclamo.
Ella también tiene que ver con ese arco iris que guarda el cofre de
mi corazón.
Extraído del libro sin publicar “Aquí y Allá” de Hawa Gazi
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