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Tarta de ricota sin TACC

Esta deliciosa tarta de ricota se puede hacer sin gluten si utilizas ingredientes sin TACC y los reemplazas en iguales proporciones por los que indica esta receta.

Ingredientes

100 gr de azúcar

100 gr de manteca

1 huevo

250 gr de harina leudante

4 cucharadas de leche

Esencia de vainilla

Relleno

500 gr de ricota

4 huevos

200 gr de azúcar

2 cucharadas de maicena

Ralladura de una naranja

Azúcar impalpable cantidad necesaria

Preparación

Para la masa, mezclar la manteca con el azúcar hasta formar una pasta. Agregar el huevo y la vainilla y mezclar. Incorporar la harina de a poco alternando con la leche. Una vez formada la masa, envolver en una bolsa y dejar descansar en la heladera media hora. Enmantecar una tartera de entre 26 y 28 cm de diámetro y distribuir la masa con las manos. Reservar en el freezer o heladera.

Para el relleno, batir a mano todos Los ingredientes y colocar sobre la masa. Llevar todo a horno moderado hasta que al pinchar con un palillo, este salga seco. Una vez fría, espolvorear con azúcar impalpable.

¡Comer bien fría con un rico mate compartido!

Publicado en RELATOS

¡Hay desparpajos tan lindos!

  El diccionario nos dice que desparpajo “es la facilidad o falta de timidez para hablar, obrar o desenvolverse en un determinado ambiente o situación.

  Mi hermana Olga es de las personas que le ponen motor a esa palabra bajándola a la realidad de manera muchas veces deliciosa. Ella y la improvisación forman una dupla muy movilizadora tanto para sí misma, como para los que ocasionalmente la acompañamos. Está naturalmente revestida de desparpajo aún cuando esta cualidad de la conducta se incorpora en la  historia personal como un aprendizaje social. En este relato les voy a mostrar cómo ella le pone realidad práctica a este enunciado teórico.

  Ocurrió hace unos días en ocasión de juntarnos con nuestra prima Susi en La Estación del Patio Olmos. Ella partiría hacia Perú en unas horas y quisimos despedirla con un almuerzo.

  En ese lugar hay un hermoso piano y Olga le preguntó a la moza si podía tocarlo. «¡Claro que sí! ¡Por supuesto! ¡Cómo no!» Tal era el asombro de  la camarera acostumbrada seguramente a preguntas   gastronómicas.

  Olga me pidió que la acompañara a tocar algo. (A veces lo hacemos a cuatro manos, pero  solo en reuniones familiares).   «¿Estás loca? ¡Ni loca!»

  No obstante, mi negativa no sirvió para bajarle la barrera del ¡stop! …¡y ahí estaba sentada musicalizando el ambiente con el dos por cuatro de la Cumparsita!

  Algunas personas giraron las sillas para mirarla (¡no vaya a ser que se perdieran ese show!),  otras dejaron los celulares logrando humanizar su presencia. En el tan – tan del final de su ejecución   un agradecido “¡otra!” la hizo desgranar en el teclado un sabroso y tanguero Choclo.

  ¿Qué color tendrá la mezcla de envidia y admiración?  Digo esto no por los aplausos y algunos abrazos que recibió sino por lo que se recibe y se siente desde adentro de uno mismo. Me hubiera gustado acompañar a mi hermana y tener esa presencia social que siempre la distingue. En ese momento ella estaba haciendo lo que las dos sabemos hacer, y a pesar de estar en el mismo lugar y con igual condición, las fortalezas y debilidades se acentúan y tornan diferentes  los mismos sabores.

  En sicodrama hay una premisa: “Lo sabe el que lo hace.” Y el que lo hace vuelve diferente al mismo lugar. Olga se acercó y se alejó del piano siendo la misma, pero también diferente. Es la diferencia  que suma en color, tamaño y dimensión. Que ocurre por dentro y se observa desde afuera. Que le da vida al verbo hacer, haciendo.   ¡Hay ciertos desparpajos que son tan lindos! 

Hawa Gazi

Photo by Cristina Gottardi on Unsplash

Publicado en TRADUCCIONES

La Liebre y la Tortuga, de Esopo

Un día una Liebre se estaba burlando de la Tortuga por ser tan lenta. «¿Alguna vez llegás a algún lado?», le preguntó con una sonrisa burlona.

«Sí», le contestó la Tortuga, «y llego más pronto de lo que pensás. Te jugaré una carrera y te lo probaré.»

A la Liebre le divertía mucho la idea de correr una carrera con la Tortuga y aceptó. Entonces el Zorro, quien había aceptado ser el juez, marcó la distancia y dio la orden a los corredores de empezar la carrera.

La Liebre pronto se perdió vista. Como quería hacer que la Tortuga se sintiera muy ridícula al querer tratar de competir con una Liebre, se recostó al costado del camino a dormir la siesta hasta que la tortuga la alcanzara.

Mientras tanto, la Tortuga continuó su marcha lenta pero firme. Luego de un rato pasó por el lugar donde la liebre estaba durmiendo. Pero la Liebre dormía muy tranquila. Cuando al final se despertó, la Tortuga estaba cerca de la meta. La Liebre corrió lo más rápido que pudo pero no pudo alcanzar a la Tortuga a tiempo.

Una carrera no siempre la gana el participante más veloz.  

Traducido por Jimena Freytes

Photo by Den Trushtin on Unsplash

Texto Original

Publicado en RELATOS

Emma

«Permiso… ¡Buenos días, mamá! Felicitaciones por tu bebé. Acá te  traigo una muestra gratis de nuestros productos para el cuidado del recién nacido», dijo la promotora al entrar a mi habitación.

Yo estaba sentada en la cama del hospital tomando el desayuno. Justo en ese momento tenía la boca ocupada con una tostada que no podía tragar. Debía responderle a la señorita, tenía que decirle que mi bebé no estaba conmigo, que había nacido muerta y que en ese cuarto estaba yo sola con mi tristeza abrumadora. Pero no podía tragar (o no quería), no me atrevía a decir que mi bebé se había muerto, porque al decirlo ya no habría vuelta atrás, lo iba a escuchar de mi propia boca y no quería oírlo. Cuando una escucha una verdad de la mano de sus propias palabras, la cosa cambia y la realidad golpea… y muy fuerte. Se me nubló la vista, las lágrimas desbordaron mis ojos y empaparon mi rostro. La sonrisa de la señorita se desdibujó y una expresión de pánico se apoderó de ella. Tragué la tostada, pero no podía hablar. Finalmente las palabras salieron de mí y las disculpas de la promotora fueron en vano.

Emma fue mi primera bebé. Tenía síndrome de Turner que si bien es compatible con una vida normal, mi Emma tenía otros problemas que no permitieron que naciera con vida y a término. El día anterior me había subido al colectivo para ir a control médico. Por primera vez me cedieron el asiento por mi condición de embarazada… ¡La panza ya se notaba! Mi embarazo había entrado en su fase social. Emma ocupaba su propio lugar.

Una vez en el consultorio, la doctora, como de costumbre, sacó el ultrasonido para escuchar los latidos de mi bebé. Era la parte más linda de la consulta, cuando me aseguraba de que ella estaba allí, dentro de mi panza nadando como un pececito, como dicen por ahí. Pero el aparato manual del consultorio no conseguía localizar los latidos, mi doctora lo movía de un lado a otro sobre mi vientre, y nada. Nos miramos, no dijimos nada. Me mandó a una sala de ecografías solo para confirmar que Emma ya se había dormido para siempre y se había convertido en un ángel… en mi angelito de la guarda.

«Hay que sacarla con parto natural, la cesárea sería un despropósito», dijeron las doctoras. Me dejaron internada en la sección de maternidad, a pesar de todo yo era una mamá. 24 horas de trabajo de parto. 24 horas esperando que mi útero inmaduro dilatara, claro, si solo eran 5 meses de gestación. 24 horas escuchando (a través de las paredes) los latidos monitoreados de los bebés que todavía eran pececitos… las paredes deberían ser más gruesas. 24 escuchando llantos de bebés que sí estaban en brazos de su mamá. 24 horas acompañada de mi mamá, del papá de Emma y de su madrina. 24 horas esperando que naciera mi bebé y yo me iría con la manos y el alma vacías.

Nació Emma y ni su papá ni yo tuvimos el coraje, el valor o la cordura suficientes para sostenerla en brazos. Yo preferí quedarme con la imagen en blanco y negro en 2D de la ecografía y, por supuesto,  como yo me la había imaginado: morocha y llena de rulos.

Después de la visita de la promotora, Dios me guiñó el ojo y me mandó un ángel llamada Juana (la enfermera) quien me confesó que ella había bautizado a Emma, tal y como hacía con todos los bebés que nacían muertos, «sí… ya está con Dios», me dijo sosteniendo mis manos. Ella allá y yo acá separadas y unidas a la vez.

¿Porqué? No lo sé. ¿Para qué? Ni idea. El porqué y paraqué desvarían  en una presencia solitaria hasta que el tiempo me trajo el tan ansiado descanso del dolor. Sí, es verdad que el tiempo cura todo. Creeme que no es un cliché. Elaboré mi duelo con tristeza pero con esperanza.

Hoy te digo que la vida continúa, me lo digo y me lo dicen Olivia y Amelia… las hermanas menores de Emma.

Jimena Freytes

Photo by Mon Petit Chou Photography on Unsplash

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La imaginación

La imaginación es como un cielo que nos invita a volar. Sólo nos pone una condición: desplegar las alas y dejarnos llevar.

¿Que cómo se hace? Haciendo y dejando hacer. ¿Y dónde están esas alas? ¡Mirá para adentro!   ¡Buceá para adentro! ¡Y allí están junto a ese enorme cielo que también tienes adentro!   Nadie tiene el monopolio del cielo porque cada uno tiene el suyo.   Imaginar es igual a crear.   Y también recrear.  Y de nuevo crear sobre lo ya recreado.  ¡Es tan infinito como posible el poder imaginar! Pero cuidado con esa costumbre de boicotear. En este sentido me interesa poner el acento en la infancia.

El niño nace  con un enorme potencial creativo. Él empieza a ser, haciendo. Sus adelantos motrices nos van mostrando la evolución de la inteligencia. Hasta su mirada es puro movimiento tratando de captar ese mundo que al principio se le presenta como formando parte de él (sincretismo indiferenciado). Pero poco a poco se va recortando de esa “irreal realidad” y empieza su recorrido por la vida desde su condición de ser él mismo, pero siempre haciendo.

¿Y dónde estás, imaginación?

¡Aquí estoy, acompañando sus movimientos que empiezan a ser operativos frente a la presencia real del objeto! Es cuando por ejemplo, lo vemos tratando de pararse agarrándose a un mueble; o tomando la cucharita para llevarla a la boca, ¡donde no es fácil el aterrizaje! Valiosos momentos de ensayo y error que, guiados por la capacidad de inventiva, lo ayudan a acomodarse y reacomodarse en el mundo que cada vez es más alto, ancho y profundo.

La imaginación tiene ritmo y melodía y el niño se deja llevar aún cuando en su cuerpito todavía reinan los pañales. Lástima que nunca falta un adulto descomedido que lo va iniciando en la estereotipia de los movimientos. ¿Por qué será que no lo dejamos inventar sus propias danzas?

La imaginación tiene formas y colores.

El gran telón de la fantasía se abre cuando el niño está frente a papeles y colores. Lo primero que hay que permitirles es el manipuleo y la descarga motriz. ¡No le alcanzan los ojos, las manos, los papeles y  crayones para volar por ese cielo que es suyo! A su manera, como puede y quiere, es suyo. Pero de nuevo las directivas familiares y escolares le ofrecen los estereotipos; y la imaginación, que se había puesto su mejor traje para desplegar su actuación sobre el escenario de ese cielo, ¡al rincón de la penitencia! ¿Qué es eso de un sol negro, una casa en las nubes, una nube en el pasto? ¡Los pájaros no caminan!

Aunque esto no lo expresemos con las palabras, nuestras actitudes tienden a ser correctivas. Y les pedimos que lo haga de nuevo y… ¡un lamentable etcétera que nubló todo su cielo!

Respetemos su espontaneidad y sus ganas de dibujar y pintar como quiera. Él solo, más adelante, le pondrá verde al pasto y rojo al tomate, porque mientras juega con la imaginación, su inteligencia va construyendo la realidad. Con ayuda, por supuesto, que tiene que ver con la estimulación y la orientación de su percepción del mundo. Un mundo en el que no puede faltarle la alegría de jugar con su imaginación.

Hawa Gazi

Photo by Kristin Brown on Unsplash

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La zete Ángela

   La zete Ángela nos amó en árabe y en argentino.

Cuando todos sus nietos íbamos a vacacionar a su bella casa de Buena Vista (Estancias del Aconquija), trataba de conformarnos a todos con su “¿qué queren” que les cocine hoy la zete?” Unos pedían quipi, otros el guiso de porotos, y que por favor no nos falte el puré de garbanzo y el laven (yogur casero). En los desayunos jamás nos hizo faltar su manteca casera que preparaba con la nata de la leche recién extraída de la vaca que le compraba al Humberto, paisano del lugar.

   Cuando ocasionalmente solemos reunirnos con algunos primos y surge su nombre en nuestras charlas, el momento se vuelve mágico.  Siempre alguien tiene algo para enriquecer el anecdotario. Personalmente tengo una imagen de ella tan repetidamente vivida durante las vacaciones, que la atesoro como una estampita religiosa que pongo deliberadamente en mi mente cuando necesito mandar al recreo mis pensamientos: está sentada, con su costurero, remendando las medias de los nietos. Se ayuda con un dedal, elemento tecnológico de aquella época. Zurcía en árabe y en argentino, porque mientras usaba un mate para el remiendo, cantaba en su lengua materna.

   Me encantaba participar de esos momentos de costura. Me sentaba en el suelo y canjeaba mis “cantemé otra, zete” por sus “bueno, “merdita”, pero si me le pone el hilo a la aguja”. Y reía y cantaba mientras buscaba la próxima media.

   Todos los nietos coincidimos en reconocerle ese don que tuvo para crear un espacio de tanta plenitud amorosa.

   Por mi parte, siempre que puedo relato ese fin de semana en el que fuimos con mi hermana Gringa a Andalgalá a despedirnos de ella. Estaba en coma y muy próxima a morir. Por nuestras actividades laborales solo disponíamos del  fin de semana, así que partimos de Córdoba un viernes para regresar el domingo siguiente por la tarde.

   Pasamos por Chumbicha, Pomán, Saujil, Siján, pueblos que parecen detenidos por el tiempo, (o al menos así lo parecían en aquellos años de la década del 80). Viajé tantas veces por aquellos lugares y la llegada a Andalgalá nunca fue una expectativa que defraudara. Desde lejos se divisa la cúpula de la iglesia, y luego de un recto recorrido vigilado por montañas que están al toque de la mano, viene la famosa curva que da entrada a la ciudad. ¡Y ahí nomás, sombrero en pelada y mano en alto, nuestro abuelo José dándonos la bienvenida a las hijas de su hijo Nicolás!

   ¡Abuelo!, gritábamos desde la ventanilla sabiendo que en unos minutos enviaría a alguien a buscarnos a la plaza donde estacionaba la mensajería, para luego continuar su recorrido hacia Belén.

   Pero esta vez ya no habría abuelo para saludar porque había partido hacía algunos años de este mundo. Además las emociones eran tan distintas. Ese fue un viaje en el que, mientras la mensajería iba hacia adelante, mis pensamientos me llevaban hacia atrás, hacia esa zete que tanto vivenciara en el Aconquija y en Andalgalá. Era tan doloroso este presente con sabor a despedida, que pasé el viaje buscándola en mis recuerdos, donde hubo tantas bienvenidas.

   Ella fue en sí misma una existencia plena de sentido, con una energía especial en su  mirada libanesa y tantos motivos argentinos dibujados en sus sonrisas. Siempre me pregunté cómo era posible que su corazón tuviera tanto amor para dar después de haber sufrido la terrible experiencia del desarraigo. Amaba amando, de persona a persona, lejos de la producción amorosa en serie y así nos lo hizo sentir a cada uno de sus seres queridos: involucrados democráticamente en su corazón, pero con ese toque vanidoso de habernos sentido su preferido.

      Ese fin de semana le faltó a la casa andalgalense su presencia andariega, sus oraciones del amanecer y el anochecer en compañía de la Biblia y el rosario, y sobre todo sus tardes de galería, mate, costurero y su complacencia a mis pedidos de “cantemé en árabe, zetita”.

   Ya estaba en coma cuando llegamos. ¡Cuánta vida dormía en la pequeñez de su ancianidad!

A pesar de la profundidad de su inconsciencia, la sabía viva, aunque con alas que empezaban a desplegarse porque había un cielo que la estaba esperando.

   Lo primero que hice cuando me quedé a solas con ella fue cortarle un mechón de su blanco cabello que aún hoy atesora un rincón de mi hogar.

   Sus años en el Líbano (¡tan pocos años!) fueron siempre páginas en blanco, aunque a veces la rondaban palabras como hambre, poca comida, guerra. Allí estaban los motivos de que la casaran con su primo José y los pusieran en un barco rumbo a América. Ella 15 años y él, 16.

Nunca más volvieron. Su historia argentina fue mucho más larga y sus espacios vitales los fue llenando con sus hijos, nietos, bisnietos y “brimos” y “brimas” en diferentes puntos del país.

  No le interesaba hablar de ella; más bien se interesaba por la vida de “sus queridos otros” de quienes encontraba nuevas intenciones para incorporarlas a sus oraciones.

   Y ahora era yo la que rezaba para que se quedara conmigo al menos ese fin de semana. Me recostaba a su lado, tocando su tibieza, oliendo su fragancia de agua, jabón y colonia.

   Y le hablaba: «mirá lo que me hacés, zetita, vengo desde Córdoba para estar un ratito con vos y te encuentro durmiendo. Me voy a tener que ir sin escucharte cantar en árabe. ¿No te da vergüenza,  zete dormilona, dejarme con las ganas de escuchar tus cantitos? ¿Por qué crees que he venido? ¿Para escuchar al quichupai o la música de plaza? Pero no importa, zetita. La próxima vez que venga me va a cantar. Duerma tranquila.»

   Y me quedaba a su lado el mayor tiempo posible, consciente de esa última tibieza que me estaba regalando. Cuánto puede decirnos el silencio en momentos como ese. Emotivo y sagrado momento en el que convergen siembra y cosecha. Y cuánto más lo fue en el momento que mi hermana y yo nos acercamos para despedirnos. Gringa desde un lado de su  cama y yo desde el otro, solo atinábamos a mirarla ordenándole a nuestras lágrimas que no salieran porque nuestras pupilas necesitaban cargarla en nuestro equipaje. Nos acompañaban nuestros tíos Pepe y Anyel, sus dos hijos menores que hoy ya están con ella en ese punto infinito del plano espiritual. Yo solo pude decirle “chau zetita, estoy segura que la próxima vez vas a cantar, picarona dormilona”. Y en ese preciso instante movió lentamente sus manos hasta tocar la de Gringa y  la mía, y, sin abrir los ojos, empezó a cantar en árabe. Fue apenas unas estrofas de vaya a saber qué canción, pero parecía de cuna porque nos “arrorró a todos” transformando ese momento terrenal en algo sagrado. Sagrado y testimonial del amor que trasciende fronteras y unifica todos los planos de la existencia.

   Se despidió en su lengua materna poniéndole música a su voz frente a dos de sus hijos y nietos. ¡Qué lujo haber representado a todos sus seres queridos en ese momento tan sublime! ¡Cómo se puede crear tanta maravilla en los últimos instantes de la vida! Sólo personas que le pueden poner magia a la realidad lo pueden hacer.

   Ella fue el camino que me condujo a la oración. Fue el costado religioso de la familia Gazi que hizo de ella misma un santuario (con perdón de los Santos). Inquieta caminante no solamente  por los espacios domésticos, sino también por todos los vínculos familiares haciendo de mediadora en los conflictos que nunca faltaron. No se guardaba el amor; por el contrario, fue amor en puro movimiento que nos llegaba a todos, nos tocaba y nos envolvía con su fragancia limpia de todo reclamo.

   Ella también tiene que ver con ese arco iris que guarda el cofre de mi  corazón.

                        Extraído del libro sin publicar “Aquí y Allá” de Hawa Gazi

Foto: Photo by Cristian Newman on Unsplash

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Hamburguesas de lenteja y chía

Estas hamburguesas se pueden hacer sin TACC y nos da la libertad de acompañarlas con lo queramos (o tengamos en la heladera).
Ingredientes
– Dos tazas de lenteja.
– Dos cucharadas de chía.
– Una cebolla.
– Tres cucharadas de aceite.
– Sal, pimienta, provenzal a gusto. – Pan rallado, cantidad necesaria.
Preparación
Remojar las lentejas dos horas en el caso de las que son de cocción rápida. Si tienen lentejas convencionales pueden dejarlas en remojo la noche anterior. Hervirlas hasta que estén blandas. Hidratar las semillas de chía en una cazuela con agua, al cabo de un rato tendrá una textura parecida a la gelatina. Mientras tanto, regar la cebolla picada. Luego juntar los tres ingredientes y pasarlos por el mixer con el aceite y condimentar a gusto (también puede ser procesadora o licuadora) . Armar las hamburguesas con las manos y pasarlas por el pan rallado y cocinar en la plancha enaceitada hasta que se doren. Prometo que a la vista parecen estar hechas de carne. Es más, al estar rebozadas con pan rallado quedan crocantes por fuera.
¡Combinar las hamburguesas como quieran!
La de la foto está hecha con pan lactal, tomate, huevo y queso. Pero te paso otras ideas….
Puede ser pan sin TACC, integral, árabe.
Verduras: tomate, lechuga, escabeches, vegetales salteados, etc.
Aderezos, puré de palta por ejemplo.
Huevo, queso, jamón y lo que quieras.
Te doy otra idea… en lugar de hamburguesas podemos hacer albóndigas con salsa de tomate…
Buen provecho.

Publicado en POESÍAS

Versos de lluvia

Unas gotitas de lluvia

entraron por la ventana

y sin pedirme permiso

¡mojaron toda mi cara!

Mis ojos muy asombrados

parpadearon enojados

porque no estaban llorando

¡y estaban todo mojados!

Una gotita traviesa

llegó hasta mi nariz

y allí se quedó muy quieta

¡sembrando cosquillas frescas!

Mi boca se puso grandota

esperando atraparlas,

pero las gotas malotas

la dejaron con las ganas.

Es que las gotas de lluvia

resbalaron por mi cara

dejándome caminitos

¡de besos y de agua clara!

Hawa Gazi

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Canelones de choclo

CANELONES DE CHOCLO (de esos que justifican la frase “manjar de los dioses”)

INGREDIENTES

Relleno

-1 cebolla grande o 2 medianas.

-2 latas de choclo cremoso.

– Aceite c/n  (recomiendo el de oliva).

– Sal y pimienta a gusto.

-3 cucharadas de queso rallado (cuidado con rallarse la manito o el cerebrito).

Se consiguen muy buenos en el mercado o pueden prepararse con 2 tazas de leche y 3 ó 4 cucharadas de harina común, de maíz o pre mezcla sin TACC. A los golosos les recomiendo que los rellenen rápido para que no les pase lo que a mí, que busco el dulce de leche y empieza la guerra con el otro relleno.

Panqueques

Preparación

Rehogar la cebolla en el aceite (¡no, si va a ser en la pileta!).

Procesar el choclo apenas (pero sin pena) y agregarlo a la cebolla. Cocinar un rato y retirar.

Condimentar con sal, pimienta y queso rallado.

Rellenar los crepes (que en su etimología significan algo así como cilindros alargados).

Y para culminar: Preparar salsa blanca.

                               Y salsa de tomate.

                               Para que la usen.

                               Como se les cante.

Y no se olviden de la incomparable lluvia de queso rallado antes de poner la fuente en el horno.

Publicado en RELATOS

Año nuevo…¿vida nueva?

10, 9,8 … la cuenta regresiva había empezado…

Cerró sus ojos con fuerza, en su mano derecha sostenía su copa de espumante. «Esta vez sí», se dijo, «este año es mi año». Apretaba los párpados con tanta fuerza que tenía miedo de romperlos… Es que allí albergaba sus esperanzas y sueños para el 2019 y por nada los dejaría escapar,  no esta vez. Siempre tuvo es idea estúpida de que el primer día del año era especial y marcaría los 364 restantes. Siempre soñó que al llegar las 12 su vida cambiaba radicalmente y el año viejo se llevaba todas sus frustraciones, desilusiones, errores y toda la porquería que azotaba su mente.

7, 6, 5…

Pero en su fuero más íntimo, allí donde nacen las entrañas, sabía que eso no era real, que su vida no cambiaría a las 12 como el cuento de la Cenicienta…. y que por más que apretara sus ojos (ya con vehemencia) la magia no existía y su vida sería la misma que el último segundo del año viejo. Lo último que no debía perderse ya había desaparecido: la esperanza.

4, 3, 2…

Repasó todo mentalmente:

  • Para la prosperidad económica: las 12 monedas tapadas con arena en un frasco… listo.
  • Para el bienestar general de la familia: comer 12 uvas justo antes que dieran las 12… listo.
  • Para la buena suerte: levantar el pie izquierdo de manera tal de quedar solo parada sobre el derecho (no era cuestión de empezar el año con el pie izquierdo)… listo.

La copa para brindar, las uvas, parada en su pie derecho…

1…

¡Pum! Las burbujas del espumante barato habían hecho un efecto nefasto en el equilibrio de Antonia, quien justo al dar las 12 apoyó el pie izquierdo sobre el suelo y se ahogó con la última uva que le quedaba. «¡Maldición!», se dijo… Ahora la mala fortuna estría de su lado los próximos 365 días…

«¡Feliz año nuevo!», exclamaron todos. Las copas chocaban unas con otras y los buenos deseos sobraban.

Se abstrajo de aquella realidad por un momento, se sentía un espectro que observaba curioso lo que sucedía allá abajo: estaba toda la familia presente, todos sonreían y desbordaban alegría. Parecían haber olvidado los rencores y las broncas del año viejo. Las copas se llenaban una y otra vez… había mucho porqué brindar. Y desde allí, desde lo alto, Antonia comprendió en un instante que la vida no cambia por arte de magia sino que estamos inmersos en un proceso de cambio permanente. Entendió que si quería que la vieja Antonia se quede en el año viejo, debía ser ella (y solo ella) la encargada de hacerle un lugar a la nueva Antonia. Y para que haya lugar para las cosas nuevas, ¡hay que sacar y tirar las viejas! Rodeada de su familia tomó finalmente la decisión firme e irrevocable de cambiar los aspectos de su vida que no le gustaban y para ello tenía 365 amaneceres…¡un montón de soles que todos los días brillarían para ella!

Después de todo, un poquito de esperanza había quedado en alguna burbuja de su copa. Se sirvió más espumante y se dijo «chin chin, Antonia, feliz año nuevo».

Jimena Freytes

Photo by Morgan Sessions on Unsplash