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Nuestra perra Camila

Desde hace aproximadamente 13 años mi hija venía hablándome de una perrita que tenían atada en la cochera donde su novio guardaba el auto. ¡Es tan bonita! ¡Nos mira como diciéndonos que la saquemos de ahí y la llevemos a cualquier otro lado! ¿La podemos traer a casa? ¡Ni lo pienses! ¡Por favor! ¡No! ¡Sí! ¡No! Y  en esa secuencia de retahílas triunfó su ¡Sí! en complicidad con una fría noche invernal.

-¡Mirá, mamá, decime si no es hermosa la Camila!

-¡Pero yo les dije que no quiero ningún perro!

-¡Es que ya no podemos verla atada en ese garaje! ¡Mirá cómo corre por todos lados!

-La dejan por esta noche, pero mañana se la llevan. ¿No ven que en el patio no podemos hacerla dormir con este frío?

  Pero Jimena se las ingenió para armarle una cuchita en su dormitorio.

  Al día siguiente me conmovió ver esas cuatro patas llevando su montoncito de pelo negro  y asombrados ojos por todo el patio. Detenerse era como perder el tiempo, pues debía ponerse al día con tantos meses de encierro.

  Pasaron los días y Camila fue tomando posesión del patio, de la casa y también de algún rincón de mi corazón. Poco a poco las razones de mis ¡No! fueron perdiendo energía y “esa pata que pide cariño” pasó a ser un miembro más de la familia.

  La queremos y nos quiere. Sabe de nuestros enojos y tristezas y su sabiduría canina la lleva a echarse al lado de quien la necesita. Su ama es Jimena, “sustantivamente” hablando, y no hay protocolos que alteren ese vínculo; pero Camila nos ama a todos y todos la amamos  desde una práctica que hacen de este cariño un acto natural, sin fronteras que separen las especies.

  El crecimiento de mis hijos  y sus lógicos proyectos de vida los fueron distanciando de la vida doméstica y de los circuitos que le son familiares a Camila. Sobre todo la  partida de Jimena hacia su nuevo hogar. En esto de finalizar ciclos o emprender nuevos comienzos es importante que algo permanezca inalterable. Y allí estamos Camila y yo, trepadas en la curva cada vez más ascendente del cariño que acompaña.

  Me hace reír con sus intentos de cazar pájaros, con su pata que pide cariño, con su pose de “cuida patio” que adopta cuando salgo a extender la ropa o hacer  mis mini caminatas vespertinas. Cuando me ve ponerme las zapatillas empieza su alegría extra del día ¡y la mía también! ¡La vieran en el patio caminando a mi lado!

  Pero ese pedazo de noche envuelto en terciopelo  tiene patas que ya acusan el paso del tiempo y se echa en algún rincón a mirarme pasar.

  ¡Tanto patio y tanto cielo para tanta Camila!

¡Es negra y brillante y con eso tiene bastante!

¡Camila es…humanamente canina!

                              Del libro “Aquí y Allá” sin editar.

Hoy Camila ya no está. La vejez se la llevó, y aunque el verbo ser la corrió hacia el pasado, sigue levantando su patita en nuestro corazón para decirnos ¡Presente!

Hawa Gazi

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28 DE MAYO, DÍA DE LOS JARDINES DE INFANTES

 Si hay un lugar donde el invierno es verdaderamente tibio y el verano absolutamente fresco, es un Jardín de Infantes. Trabajar con niños es mantenerse en esa temperatura ambiental. Observar sus juegos, dibujos, enojos, alegrías, escuchar sus diálogos, sus razonamientos, las preguntas, que al fin y al cabo, ellos mismos se responden, es un popurrí de sensaciones y emociones que nos hacen escalar montañas y descender a mesetas en una misma jornada de trabajo.

Amé ser maestra jardinera y amo recordarme como tal, y desde el presente de mi jubileo, hago un homenaje a los Jardines de Infantes compartiendo estas anécdotas.

Jardín de Infantes Ortiz de Ocampo

Carlitos: “Cheñoita”, “queo” “haché” pi “

Yo: ¡Rápido, Carlitos, andá al baño!

Como a los diez minutos, nuevamente:

Carlitos: “Queo” “hache” pi”

Yo: ¿Pero no fuiste recién?

Carlitos: “Oto cacho e pi”.

Me encontraba en un rincón de la sala haciendo el Registro mensual, mientras mis alumnos merendaban. De pronto un niño me dijo “Señorita…” Lo interrumpí diciéndole que esperara porque estaba pensando. El niño me preguntó qué era estar pensando. Me quedé sin respuesta y solo pude mirarlo… Entonces  un compañerito respondió: “Si yo hablo y nadie me escucha, es porque estoy pensando”.

Jardín de Infantes Juan Zorrilla de San Martín

Carolita

 Seño, ¿mañana hay clase?

 Sí, tesorito.

 ¿Y de nuevo mañana?

 Sí

 ¿Y otra vez mañana?

 También

 ¡Qué lindo, cuántos mañana!

Esta misma niña me trajo un día de regalo una bolsa llena de medias de su mamá. Cuando la llamé para avisarle, me contestó: ¡Con razón no las encontraba! ¡Es que la quiere tanto!

Jardín de Infantes José Vicente de Olmos. (Hoy Patio Olmos)

Un día empezamos la clase contándonos lo que habíamos almorzado. Cuando le tocó el turno a Diego, dijo: “Yo hoy comí carpa con papas fritas”.

¿Pero, eso es una comida? (Confieso que hasta ese momento yo no sabía que existía un pez con ese nombre).

Otro niño adelantó su respuesta: “No seño, son esas casitas que están debajo del puente.”

“¡Pero entonces no es una comida! insistí yo.

Y Diego, mirándome de frente, con su rostro pintado de rojo por el enojo, y levantando su dedo índice, me dijo con toda dignidad: “¡No, señorita Hawa, Carpa es el apellido del pescado que yo he  comido!”

Jardín de Infantes Manuel Lucero

En este Jardín finalicé mi carrera docente.

En este Jardín iniciaron su escolaridad mis hijos  con su inolvidable señorita Susana.

Y de este Jardín surgió el grupo de amigas-colegas “Lucero Corazón”.

¡Feliz Día, Jardines de Infantes!

¡Un lugar donde el invierno siempre es tibio y el verano no pierde la frescura!

Hawa Gazi

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MUJER-AMIGA

Con Norita y María Luz nos conocimos trabajando como maestras jardineras. Hacernos amigas fue como correr una cortina y saber que lo que veíamos afuera lo teníamos por dentro. Las tres hicimos ese recorrido de trabajar con niños junto a otras colegas que podrían estar en estas palabras, pero que por esas cosas que causan casualidades, nos encontramos las tres ayer, a orillas de un arroyo serrano tomando mate y comiendo anécdotas untadas con recuerdos dulces y salados.

En el lugar había otro grupo de mujeres entre las que se encontraban una embarazada y otra que estaba amamantando. ¡Es que estamos en la previa y en el durante de toda la vida!

Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y en ese manso paisaje donde solo se movía el agua del arroyo, rompimos la quietud de esa naturaleza brindándole una sinfonía de risas y carcajadas.

No faltó lo doloroso en nuestra charla ni el silencio agradecido por escuchar lo que se necesitaba soltar.

Tampoco faltaron los bloopers: María Luz confundió los termos de agua fresca y caliente en tres oportunidades y casi se quema los labios. Yo, por mi parte, cuando me preguntaron en qué consistió la operación de mi rodilla, contesté “Me limaron la rúcula”. Aún deben estar riéndose.

Norita es muy sabrosa con sus anécdotas sobre el amor. Es de las que aman amando, al decir de Horacio Guaraní. Amor en puro movimiento que da y recibe sin escatimar esfuerzos. ¡Y vaya si no hay laburo en esta zona del quehacer humano! Es feliz viajando y sacando fotos que comparte con excelentes crónicas. Sabe un poco de todo, lo que enriquece cualquier charla.

María Luz vive en las sierras. En cada rincón de su patio armó mini jardincitos que convidan delicias a los ojos. ¿Puede una casa tener una reina? Sí, pero no es Malu, ¡es su galería adornada con collares de enredaderas y macetas!  Como tiene cierta altura, ofrece una visión panorámica de las sierras a puro verde y claro de luna cuando se corre el atardecer.  Malu es físicamente  pequeña y con mucha fuerza en su carácter. Sabe lo que quiere, y aunque le cueste lograrlo, cuando aparecen las dificultades las manda a un rincón con su excelente sentido del humor.

Se nos vino la noche y al paisaje serrano se le fueron estas tres mujeres.

Encontrarse con amigas cada tanto, es renovar la energía de la risa, darle vitaminas al corazón y secar el llanto con una suave brisa.

Estar con amigas es descansar un poco de ser  mujer; aunque al mismo tiempo es nutrirse más de mujer.

Por nuestro encuentro femenino, que tanto nos cargó de combustible, y en definitiva, porque todas tenemos algo de todas, renuevo los motivos para desear feliz día a todas las mujeres, sobre todo a las que saben ser amigas aún cuando sea tanta la demanda de ser mujer.

Levanto una copa de agua y digo ¡salud por todas nosotras!

Hawa Gazi

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Momentos de Plaza

Hay lugares y momentos que son sagrados; es decir, que no pueden ni deben profanarse.

Una plaza se acerca a este divino concepto porque en su esencia está dedicada al culto de la infancia. Apartándonos un poco del prurito académico, queremos significar que rendirle culto al niño, es cuidarlo y homenajear sus posibilidades de juego.

El juego en el niño es vida en crecimiento. Afirma el desarrollo de sus posibilidades motrices. Es una rodilla que se cae, se lastima, se la llora y después de un ratito, sale nuevamente corriendo. Y también es una conexión con el afuera por una necesidad que le viene desde muy dentro suyo.

¿Conexión? Entramos al punto álgido de esta nota que parte de lo que vimos un grupo de personas en una plaza una tarde de verano. Éramos solamente una señora con su nena de 18 meses, mi hija, mi yerno y mis dos nietitas. Creamos un hermoso momento de juego entre grandes y chicos, con toboganes, hamacas, trepadores y algunas ocurrencias ocasionales. A pura diversión, como debe ser, a pesar de esas dosis de cansancio que nunca nos falta a los adultos. Pero estábamos en la plaza con nuestros niños que, por ser muy pequeños, había que jugar con ellos y cuidarlos.

Al rato llegó un señor con su  hijo de aproximadamente 5 años. El padre se sentó en un banco y se puso a trabajar con una computadora y papeles. Cris, que así dijo llamarse, jugaba solo con una pelota y una pistola. Pateaba la pelota y salía a “cazarla” con la pistola, la agarraba y la “mataba”. Ese era todo su juego acompañado de gritos y retos a su pelota. Me pregunto qué cosas quería realmente retar, grita y matar. Su padre, solo conectado con su computadora, ni siquiera lo miraba, y doy fe de eso, porque yo lo observaba mientras inducía a mis nietitas a jugar con el niño y su pelota.

Los pocos adultos que estábamos allí no podíamos creer lo que veíamos. Mi hija alcanzó a decirme “¡si se para un auto y se lleva el niño, ni cuenta se va a dar!

Cuando Cris vio que yo hamacaba a mi nietita fue a llamar a su papá para que le hiciera lo mismo. ¡Y lo trajo, aleluya! Pero… ¡lo hamacaba con una mano y con la otra manejaba el celular! En un momento el niño casi se cae, si no fuera porque yo lo sostuve con una de mis manos.  ¡Eso bastó para que lo retara mientras lo bajaba de la hamaca en donde la conexión con su hijo fue tan herrumbrada! Cerró su computadora y se alejaron.

Me pregunto si este señor habrá tenido infancia con juego. Suelo involucrarme en las situaciones que me inquietan; pero no era el momento. Ojalá vuelva a encontrarlo.

Una plaza no es una guardería, ni una oficina, ni un lugar para hacer meditación, ni para un montón de otras cosas que pretenden usurparle su esencia. Una plaza, señoras y señores que acompañan a niños pequeños es un lugar que tiene todo listo para darle vida a la maravilla. Pero la varita mágica se maneja desde lo humano, y, en el caso de los adultos, se trata de estar  en el juego de los niños y con los niños. Estar, estando. Jugar, jugando.

Las plazas tienen ojos que ven y un corazón que siente, y deben quedar con alguna herida abierta cuando observan casos como Cris y su papá.

Hawa Gazi

Photo by Kelly Sikkema on Unsplash

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¡FELIZ DÍA, COLEGAS!

En el Día del Maestro me permito compartir mis recuerdos del Jardín de Infantes Manuel Lucero y un grupo de colegas con los que tuve el lujo de relacionarme por espacio de varios años.

  Podría empezar con  “Había una vez…”, y seguramente la Fantasía abriría sus puertas para que pase el cuento. Pero este relato se refiere a personas reales en un contexto témporo-espacial llamado Jardín de Infantes Manuel Lucero. ¡Nuestro Lucero!, como lo llamamos las Srtas. Mamicha, Dolores, Estela, Susana, Nora, Ma. Luz, Ercilia, Mariquita, Cuca, y tantas otras jardineras. Solo nombro a las colegas con las que compartí esa maravillosa residencia laboral.

Muchas y variadas mujeres acompañadas por el toque varonil del fotógrafo Alberto y el inolvidable Alfredo, esposo de Andrea, que juntos hacían de fieles guardianes-caseros del Jardín.

  Mi mirada retrospectiva recorre este multifacético grupo que tanto sabía de humanizar lo cotidiano. Éramos un popurrí de diferencias y semejanzas en medio de una balanza que a veces nos despistaba con su capacidad de equilibrarnos. Yo, por mi condición de psicóloga, tenía facilidad para redactar evaluaciones, pero era un desastre confeccionando frisos y otras manualidades. Recuerdo una vez en que cada maestra ambientaba su salón en vísperas del inicio de clases. Yo acababa de terminar un friso cuando entró la Directora (¡cómo te quiero Mamicha!), quien, al verlo, soltó una cadena de carcajadas tan fuertes que llegaron todas las maestras y al unísono entonaron un himno a la risa. Finalmente Mamicha pudo decir “¡Hawa, esos muñecos parecen la nada!” Ante esa verdad tan inobjetable, me uní a la risa, y por suerte, unas manos solidarias mejoraron el pobre friso.

  En otra ocasión, entré al salón de Norita y quedé maravillada por su friso. Le propuse hacerle una poesía a esos personajes a cambio de algún adorno. ¡Intercambio de habilidades que tanto tiene que ver con humanizar lo humano!

  A veces tuvimos que ir a trabajar con algún hijo pequeño, y ahí estaban para ayudarnos la Secretaria Cuca y ese derrotero de mansedumbre que fue siempre doña Andrea. ¿No es esto humanizar lo humano?

  Ser tantas mujeres es ¡ser tanto de tanto! Rubias, morochas, altas, bajas, gordas, flacas, casadas, separadas, viudas, solteras. Las había muy elegantes, como Dolores; de una generosidad sin fronteras, como Mamicha; serenas y reflexivas, como Estela, Ercilia y Mariquita; intelectualmente inquieta, como Nora; a puro ritmo de salsa, como Susana; de un humor a prueba de avatares, como Ma. Luz y de un brillo dorado siempre presente en Mercedes. Siempre admiré en esta rubia seño sus ganas de pintarse y arreglarse. Recuerdo un paseo de todo el Jardín a ver una obra teatral. A la salida, mi hija, que en aquél entonces era alumna, vino corriendo a decirme “¡Mirá mamá, ahí está la Srta. Mercedes!”, mientras señalaba un enorme retrato de Marilín Monroe. Hoy Mercedes sigue siendo dorada y brillante entre los rayos del sol,  los claros de luna y mi corazón.

  Con Estela nos volvíamos compinches a la hora de escuchar a Sandro. Con Ma.Luz nos fanatizábamos con el Bamboleiro de Julio Iglesias. Con Susana le hacíamos guerra a la rutina intercambiando recetas. Con Mamicha disfrutamos haciendo la página del “Córdoba, chicos”.

  El barrio de Alta Córdoba nos vio jugar en su plaza y paseando por sus calles mientras recogíamos las doradas consecuencias del otoño en los árboles.

  De este grupo salieron Inspectoras, Prof. de salsa, artistas plásticas, artesanas, escritoras, y seguramente algunos desconocidos etcéteras.

 Festejamos casamientos. Nacimientos. Ascensos.

  Lloramos separaciones, enojos, ausencias. Que en paz descansen Alfredo , Srtas. Cristina, Ma. Emilia y Mercedes. Los recordamos con lágrimas y sonrisas.

Desde la mirada de mi corazón quise rendirle homenaje a este grupo con historias personales muy diferentes, pero que a la hora de estar en el Jardín aparecían nuestros rasgos comunes bajo  el comando de la Currícula. Es que cantar, bailar, narrar y abrir la puerta para ir a jugar se volvía todo un Arroz con leche que valía la pena saborear.

  Hoy estamos todas por fuera del Lucero. Pero el Lucero nos ronda por dentro. Nos cosquillea, nos memoriza, y como nos vive amigando, nos convoca a reunirnos cada tanto. Y por sobre todas las cosas y siempre en tiempo presente, el “altocordobés” Lucero nos emociona.

Hawa Gazi

Photo by Vonecia Carswell on Unsplash

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Paciencia y tango

    Martes 2 de julio. Tenía turno a las 10.30 hs. en el Sanatorio Mayo. A las 10.15 estaba entregando mi carnet a una secretaria y tratando de pagar el co seguro. Como no tenía vuelto me sugirió que buscara cambio en el bar del Sanatorio. Allí me lo negaron aduciendo que lo tenían destinado para los clientes. ¡Solo necesitaba que me cambiaran cien pesos por dos de cincuenta! Esto es lo que les dije a todos los presentes, desde una actitud nada fácil de pararme frente a ellos, porque estaba a punto de perder mi turno por no tener ese cambio. Silencio. Gracias por su atención y un señor me alcanzó el anhelado cambio.

  De nuevo la ventanilla y la secretaria me advirtió que por haberse caído el sistema había sobre carga de turnos y… ¡a tener paciencia!

  Mucha gente. Apenas pude ubicarme en un rincón, parada, por supuesto.

  Como a los 50 minutos se me acercó una joven de unos 35 años,  bien vestida y muy bonita que me dijo: “Esto es un desafío a la paciencia”. ¡Sí, y especial para una letra de tango!, le contesté mientras me apresuraba a ganar  una silla.

  Entre miradas que van y vienen y algunas de esas forzadas sonrisas que  invitan a charlar, aunque lejos de una situación hedonística, nos encontramos algunas señoras hablando de… ¡uy no, de médicos y enfermedades! Por suerte pude boicotearles esa intención y dirigirles la memoria hacia ¿quién les gustó más, Lolita Torres o Libertad Lamarque? ¿Recuerdan alguna película que les hiciera reír mucho? ¿Cómo hacen para que las costeletas les salgan más jugosas?

  ¡Ay, tiempo, que pasas sin parecer que estás pasando!

  Después de un rato tan largo y angosto como el mes de agosto se nos acercó la misma rubia que me había hablado de la paciencia. Se   presentó como Marcela y ¡nos preguntó si  podía cantarnos un tango!

  No sé cómo serían sus otros espacios vitales, pero en ese momento Marcela parecía gozar de una libertad emocional envidiable. Libertad para acercarse con esa pregunta y con un sobrante como para aceptar que alguien le pusiera obstáculo a su deseo de cantar. Pero las señoras nos encontramos con un tácito acuerdo en las miradas: ¿Cómo cerrarle la puerta a alguien que deseaba entrar? Y con un protocolo impecable del Permiso, ¿puedo? empezó a cantar Nostalgias. Tono suave de voz que parecía una caricia que nos fue envolviendo a todos.

  Los pacientes nos convertimos en un público, que sin aplaudir (por obvias razones del lugar), le sugerimos otras canciones. Y nos regaló Nada y Naranjo en flor.

  Esos tangos tan bien cantados le pusieron otro color al lugar. Es como si su voz, que parecía un susurro salido de un secreto, le hubiera puesto otro sabor, otra textura a esa sala de espera en donde pudimos darle descanso a nuestra cansada paciencia.

  Quizás haya quienes critiquen la actitud de Marcela y la de su ocasional público y nos vean como una “alianza de compinches desubicados”. Pero desde otra mirada, estar en un Sanatorio esperando resultados, diagnósticos, tratamientos y que de pronto aparezca un flujo energético diferente y nos saque de esa otra sala de espera que es nuestro pensamiento, pues bienvenido sea ese compinchismo y la empatía que fuimos capaces de crear en ese momento de tango.

  Ella se llama Marcela. Y el tango la llama a ella.

  Más tarde, en la intimidad de mi reflexión personal me di cuenta que yo suelo ser otra Marcela. Cuando veo niños enfermos, inquietos, molestos, aburridos, les acerco juegos de mímica, adivinanzas, poesías o algún cuento. Nunca fui rechazada y suelo retirarme feliz de esas experiencias. Con Marcela recibí lo que suelo dar. Recibir y dar, esa es la cuestión. No importa con quien ni el lugar. Puede salir bien o mal; pero seguramente si lo damos con gusto llegará bien, porque así salió desde ese lugar único e intransferible que se llama MOTIVACIÓN.

  Gracias, Marcela, por esa mañana de invierno, Sanatorio y tango.

Hawa Gazi

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¡Hay desparpajos tan lindos!

  El diccionario nos dice que desparpajo “es la facilidad o falta de timidez para hablar, obrar o desenvolverse en un determinado ambiente o situación.

  Mi hermana Olga es de las personas que le ponen motor a esa palabra bajándola a la realidad de manera muchas veces deliciosa. Ella y la improvisación forman una dupla muy movilizadora tanto para sí misma, como para los que ocasionalmente la acompañamos. Está naturalmente revestida de desparpajo aún cuando esta cualidad de la conducta se incorpora en la  historia personal como un aprendizaje social. En este relato les voy a mostrar cómo ella le pone realidad práctica a este enunciado teórico.

  Ocurrió hace unos días en ocasión de juntarnos con nuestra prima Susi en La Estación del Patio Olmos. Ella partiría hacia Perú en unas horas y quisimos despedirla con un almuerzo.

  En ese lugar hay un hermoso piano y Olga le preguntó a la moza si podía tocarlo. «¡Claro que sí! ¡Por supuesto! ¡Cómo no!» Tal era el asombro de  la camarera acostumbrada seguramente a preguntas   gastronómicas.

  Olga me pidió que la acompañara a tocar algo. (A veces lo hacemos a cuatro manos, pero  solo en reuniones familiares).   «¿Estás loca? ¡Ni loca!»

  No obstante, mi negativa no sirvió para bajarle la barrera del ¡stop! …¡y ahí estaba sentada musicalizando el ambiente con el dos por cuatro de la Cumparsita!

  Algunas personas giraron las sillas para mirarla (¡no vaya a ser que se perdieran ese show!),  otras dejaron los celulares logrando humanizar su presencia. En el tan – tan del final de su ejecución   un agradecido “¡otra!” la hizo desgranar en el teclado un sabroso y tanguero Choclo.

  ¿Qué color tendrá la mezcla de envidia y admiración?  Digo esto no por los aplausos y algunos abrazos que recibió sino por lo que se recibe y se siente desde adentro de uno mismo. Me hubiera gustado acompañar a mi hermana y tener esa presencia social que siempre la distingue. En ese momento ella estaba haciendo lo que las dos sabemos hacer, y a pesar de estar en el mismo lugar y con igual condición, las fortalezas y debilidades se acentúan y tornan diferentes  los mismos sabores.

  En sicodrama hay una premisa: “Lo sabe el que lo hace.” Y el que lo hace vuelve diferente al mismo lugar. Olga se acercó y se alejó del piano siendo la misma, pero también diferente. Es la diferencia  que suma en color, tamaño y dimensión. Que ocurre por dentro y se observa desde afuera. Que le da vida al verbo hacer, haciendo.   ¡Hay ciertos desparpajos que son tan lindos! 

Hawa Gazi

Photo by Cristina Gottardi on Unsplash

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Emma

«Permiso… ¡Buenos días, mamá! Felicitaciones por tu bebé. Acá te  traigo una muestra gratis de nuestros productos para el cuidado del recién nacido», dijo la promotora al entrar a mi habitación.

Yo estaba sentada en la cama del hospital tomando el desayuno. Justo en ese momento tenía la boca ocupada con una tostada que no podía tragar. Debía responderle a la señorita, tenía que decirle que mi bebé no estaba conmigo, que había nacido muerta y que en ese cuarto estaba yo sola con mi tristeza abrumadora. Pero no podía tragar (o no quería), no me atrevía a decir que mi bebé se había muerto, porque al decirlo ya no habría vuelta atrás, lo iba a escuchar de mi propia boca y no quería oírlo. Cuando una escucha una verdad de la mano de sus propias palabras, la cosa cambia y la realidad golpea… y muy fuerte. Se me nubló la vista, las lágrimas desbordaron mis ojos y empaparon mi rostro. La sonrisa de la señorita se desdibujó y una expresión de pánico se apoderó de ella. Tragué la tostada, pero no podía hablar. Finalmente las palabras salieron de mí y las disculpas de la promotora fueron en vano.

Emma fue mi primera bebé. Tenía síndrome de Turner que si bien es compatible con una vida normal, mi Emma tenía otros problemas que no permitieron que naciera con vida y a término. El día anterior me había subido al colectivo para ir a control médico. Por primera vez me cedieron el asiento por mi condición de embarazada… ¡La panza ya se notaba! Mi embarazo había entrado en su fase social. Emma ocupaba su propio lugar.

Una vez en el consultorio, la doctora, como de costumbre, sacó el ultrasonido para escuchar los latidos de mi bebé. Era la parte más linda de la consulta, cuando me aseguraba de que ella estaba allí, dentro de mi panza nadando como un pececito, como dicen por ahí. Pero el aparato manual del consultorio no conseguía localizar los latidos, mi doctora lo movía de un lado a otro sobre mi vientre, y nada. Nos miramos, no dijimos nada. Me mandó a una sala de ecografías solo para confirmar que Emma ya se había dormido para siempre y se había convertido en un ángel… en mi angelito de la guarda.

«Hay que sacarla con parto natural, la cesárea sería un despropósito», dijeron las doctoras. Me dejaron internada en la sección de maternidad, a pesar de todo yo era una mamá. 24 horas de trabajo de parto. 24 horas esperando que mi útero inmaduro dilatara, claro, si solo eran 5 meses de gestación. 24 horas escuchando (a través de las paredes) los latidos monitoreados de los bebés que todavía eran pececitos… las paredes deberían ser más gruesas. 24 escuchando llantos de bebés que sí estaban en brazos de su mamá. 24 horas acompañada de mi mamá, del papá de Emma y de su madrina. 24 horas esperando que naciera mi bebé y yo me iría con la manos y el alma vacías.

Nació Emma y ni su papá ni yo tuvimos el coraje, el valor o la cordura suficientes para sostenerla en brazos. Yo preferí quedarme con la imagen en blanco y negro en 2D de la ecografía y, por supuesto,  como yo me la había imaginado: morocha y llena de rulos.

Después de la visita de la promotora, Dios me guiñó el ojo y me mandó un ángel llamada Juana (la enfermera) quien me confesó que ella había bautizado a Emma, tal y como hacía con todos los bebés que nacían muertos, «sí… ya está con Dios», me dijo sosteniendo mis manos. Ella allá y yo acá separadas y unidas a la vez.

¿Porqué? No lo sé. ¿Para qué? Ni idea. El porqué y paraqué desvarían  en una presencia solitaria hasta que el tiempo me trajo el tan ansiado descanso del dolor. Sí, es verdad que el tiempo cura todo. Creeme que no es un cliché. Elaboré mi duelo con tristeza pero con esperanza.

Hoy te digo que la vida continúa, me lo digo y me lo dicen Olivia y Amelia… las hermanas menores de Emma.

Jimena Freytes

Photo by Mon Petit Chou Photography on Unsplash

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La zete Ángela

   La zete Ángela nos amó en árabe y en argentino.

Cuando todos sus nietos íbamos a vacacionar a su bella casa de Buena Vista (Estancias del Aconquija), trataba de conformarnos a todos con su “¿qué queren” que les cocine hoy la zete?” Unos pedían quipi, otros el guiso de porotos, y que por favor no nos falte el puré de garbanzo y el laven (yogur casero). En los desayunos jamás nos hizo faltar su manteca casera que preparaba con la nata de la leche recién extraída de la vaca que le compraba al Humberto, paisano del lugar.

   Cuando ocasionalmente solemos reunirnos con algunos primos y surge su nombre en nuestras charlas, el momento se vuelve mágico.  Siempre alguien tiene algo para enriquecer el anecdotario. Personalmente tengo una imagen de ella tan repetidamente vivida durante las vacaciones, que la atesoro como una estampita religiosa que pongo deliberadamente en mi mente cuando necesito mandar al recreo mis pensamientos: está sentada, con su costurero, remendando las medias de los nietos. Se ayuda con un dedal, elemento tecnológico de aquella época. Zurcía en árabe y en argentino, porque mientras usaba un mate para el remiendo, cantaba en su lengua materna.

   Me encantaba participar de esos momentos de costura. Me sentaba en el suelo y canjeaba mis “cantemé otra, zete” por sus “bueno, “merdita”, pero si me le pone el hilo a la aguja”. Y reía y cantaba mientras buscaba la próxima media.

   Todos los nietos coincidimos en reconocerle ese don que tuvo para crear un espacio de tanta plenitud amorosa.

   Por mi parte, siempre que puedo relato ese fin de semana en el que fuimos con mi hermana Gringa a Andalgalá a despedirnos de ella. Estaba en coma y muy próxima a morir. Por nuestras actividades laborales solo disponíamos del  fin de semana, así que partimos de Córdoba un viernes para regresar el domingo siguiente por la tarde.

   Pasamos por Chumbicha, Pomán, Saujil, Siján, pueblos que parecen detenidos por el tiempo, (o al menos así lo parecían en aquellos años de la década del 80). Viajé tantas veces por aquellos lugares y la llegada a Andalgalá nunca fue una expectativa que defraudara. Desde lejos se divisa la cúpula de la iglesia, y luego de un recto recorrido vigilado por montañas que están al toque de la mano, viene la famosa curva que da entrada a la ciudad. ¡Y ahí nomás, sombrero en pelada y mano en alto, nuestro abuelo José dándonos la bienvenida a las hijas de su hijo Nicolás!

   ¡Abuelo!, gritábamos desde la ventanilla sabiendo que en unos minutos enviaría a alguien a buscarnos a la plaza donde estacionaba la mensajería, para luego continuar su recorrido hacia Belén.

   Pero esta vez ya no habría abuelo para saludar porque había partido hacía algunos años de este mundo. Además las emociones eran tan distintas. Ese fue un viaje en el que, mientras la mensajería iba hacia adelante, mis pensamientos me llevaban hacia atrás, hacia esa zete que tanto vivenciara en el Aconquija y en Andalgalá. Era tan doloroso este presente con sabor a despedida, que pasé el viaje buscándola en mis recuerdos, donde hubo tantas bienvenidas.

   Ella fue en sí misma una existencia plena de sentido, con una energía especial en su  mirada libanesa y tantos motivos argentinos dibujados en sus sonrisas. Siempre me pregunté cómo era posible que su corazón tuviera tanto amor para dar después de haber sufrido la terrible experiencia del desarraigo. Amaba amando, de persona a persona, lejos de la producción amorosa en serie y así nos lo hizo sentir a cada uno de sus seres queridos: involucrados democráticamente en su corazón, pero con ese toque vanidoso de habernos sentido su preferido.

      Ese fin de semana le faltó a la casa andalgalense su presencia andariega, sus oraciones del amanecer y el anochecer en compañía de la Biblia y el rosario, y sobre todo sus tardes de galería, mate, costurero y su complacencia a mis pedidos de “cantemé en árabe, zetita”.

   Ya estaba en coma cuando llegamos. ¡Cuánta vida dormía en la pequeñez de su ancianidad!

A pesar de la profundidad de su inconsciencia, la sabía viva, aunque con alas que empezaban a desplegarse porque había un cielo que la estaba esperando.

   Lo primero que hice cuando me quedé a solas con ella fue cortarle un mechón de su blanco cabello que aún hoy atesora un rincón de mi hogar.

   Sus años en el Líbano (¡tan pocos años!) fueron siempre páginas en blanco, aunque a veces la rondaban palabras como hambre, poca comida, guerra. Allí estaban los motivos de que la casaran con su primo José y los pusieran en un barco rumbo a América. Ella 15 años y él, 16.

Nunca más volvieron. Su historia argentina fue mucho más larga y sus espacios vitales los fue llenando con sus hijos, nietos, bisnietos y “brimos” y “brimas” en diferentes puntos del país.

  No le interesaba hablar de ella; más bien se interesaba por la vida de “sus queridos otros” de quienes encontraba nuevas intenciones para incorporarlas a sus oraciones.

   Y ahora era yo la que rezaba para que se quedara conmigo al menos ese fin de semana. Me recostaba a su lado, tocando su tibieza, oliendo su fragancia de agua, jabón y colonia.

   Y le hablaba: «mirá lo que me hacés, zetita, vengo desde Córdoba para estar un ratito con vos y te encuentro durmiendo. Me voy a tener que ir sin escucharte cantar en árabe. ¿No te da vergüenza,  zete dormilona, dejarme con las ganas de escuchar tus cantitos? ¿Por qué crees que he venido? ¿Para escuchar al quichupai o la música de plaza? Pero no importa, zetita. La próxima vez que venga me va a cantar. Duerma tranquila.»

   Y me quedaba a su lado el mayor tiempo posible, consciente de esa última tibieza que me estaba regalando. Cuánto puede decirnos el silencio en momentos como ese. Emotivo y sagrado momento en el que convergen siembra y cosecha. Y cuánto más lo fue en el momento que mi hermana y yo nos acercamos para despedirnos. Gringa desde un lado de su  cama y yo desde el otro, solo atinábamos a mirarla ordenándole a nuestras lágrimas que no salieran porque nuestras pupilas necesitaban cargarla en nuestro equipaje. Nos acompañaban nuestros tíos Pepe y Anyel, sus dos hijos menores que hoy ya están con ella en ese punto infinito del plano espiritual. Yo solo pude decirle “chau zetita, estoy segura que la próxima vez vas a cantar, picarona dormilona”. Y en ese preciso instante movió lentamente sus manos hasta tocar la de Gringa y  la mía, y, sin abrir los ojos, empezó a cantar en árabe. Fue apenas unas estrofas de vaya a saber qué canción, pero parecía de cuna porque nos “arrorró a todos” transformando ese momento terrenal en algo sagrado. Sagrado y testimonial del amor que trasciende fronteras y unifica todos los planos de la existencia.

   Se despidió en su lengua materna poniéndole música a su voz frente a dos de sus hijos y nietos. ¡Qué lujo haber representado a todos sus seres queridos en ese momento tan sublime! ¡Cómo se puede crear tanta maravilla en los últimos instantes de la vida! Sólo personas que le pueden poner magia a la realidad lo pueden hacer.

   Ella fue el camino que me condujo a la oración. Fue el costado religioso de la familia Gazi que hizo de ella misma un santuario (con perdón de los Santos). Inquieta caminante no solamente  por los espacios domésticos, sino también por todos los vínculos familiares haciendo de mediadora en los conflictos que nunca faltaron. No se guardaba el amor; por el contrario, fue amor en puro movimiento que nos llegaba a todos, nos tocaba y nos envolvía con su fragancia limpia de todo reclamo.

   Ella también tiene que ver con ese arco iris que guarda el cofre de mi  corazón.

                        Extraído del libro sin publicar “Aquí y Allá” de Hawa Gazi

Foto: Photo by Cristian Newman on Unsplash

Publicado en RELATOS

Año nuevo…¿vida nueva?

10, 9,8 … la cuenta regresiva había empezado…

Cerró sus ojos con fuerza, en su mano derecha sostenía su copa de espumante. «Esta vez sí», se dijo, «este año es mi año». Apretaba los párpados con tanta fuerza que tenía miedo de romperlos… Es que allí albergaba sus esperanzas y sueños para el 2019 y por nada los dejaría escapar,  no esta vez. Siempre tuvo es idea estúpida de que el primer día del año era especial y marcaría los 364 restantes. Siempre soñó que al llegar las 12 su vida cambiaba radicalmente y el año viejo se llevaba todas sus frustraciones, desilusiones, errores y toda la porquería que azotaba su mente.

7, 6, 5…

Pero en su fuero más íntimo, allí donde nacen las entrañas, sabía que eso no era real, que su vida no cambiaría a las 12 como el cuento de la Cenicienta…. y que por más que apretara sus ojos (ya con vehemencia) la magia no existía y su vida sería la misma que el último segundo del año viejo. Lo último que no debía perderse ya había desaparecido: la esperanza.

4, 3, 2…

Repasó todo mentalmente:

  • Para la prosperidad económica: las 12 monedas tapadas con arena en un frasco… listo.
  • Para el bienestar general de la familia: comer 12 uvas justo antes que dieran las 12… listo.
  • Para la buena suerte: levantar el pie izquierdo de manera tal de quedar solo parada sobre el derecho (no era cuestión de empezar el año con el pie izquierdo)… listo.

La copa para brindar, las uvas, parada en su pie derecho…

1…

¡Pum! Las burbujas del espumante barato habían hecho un efecto nefasto en el equilibrio de Antonia, quien justo al dar las 12 apoyó el pie izquierdo sobre el suelo y se ahogó con la última uva que le quedaba. «¡Maldición!», se dijo… Ahora la mala fortuna estría de su lado los próximos 365 días…

«¡Feliz año nuevo!», exclamaron todos. Las copas chocaban unas con otras y los buenos deseos sobraban.

Se abstrajo de aquella realidad por un momento, se sentía un espectro que observaba curioso lo que sucedía allá abajo: estaba toda la familia presente, todos sonreían y desbordaban alegría. Parecían haber olvidado los rencores y las broncas del año viejo. Las copas se llenaban una y otra vez… había mucho porqué brindar. Y desde allí, desde lo alto, Antonia comprendió en un instante que la vida no cambia por arte de magia sino que estamos inmersos en un proceso de cambio permanente. Entendió que si quería que la vieja Antonia se quede en el año viejo, debía ser ella (y solo ella) la encargada de hacerle un lugar a la nueva Antonia. Y para que haya lugar para las cosas nuevas, ¡hay que sacar y tirar las viejas! Rodeada de su familia tomó finalmente la decisión firme e irrevocable de cambiar los aspectos de su vida que no le gustaban y para ello tenía 365 amaneceres…¡un montón de soles que todos los días brillarían para ella!

Después de todo, un poquito de esperanza había quedado en alguna burbuja de su copa. Se sirvió más espumante y se dijo «chin chin, Antonia, feliz año nuevo».

Jimena Freytes

Photo by Morgan Sessions on Unsplash