Martes 2 de
julio. Tenía turno a las 10.30 hs. en el Sanatorio Mayo. A las 10.15 estaba
entregando mi carnet a una secretaria y tratando de pagar el co seguro. Como no
tenía vuelto me sugirió que buscara cambio en el bar del Sanatorio. Allí me lo
negaron aduciendo que lo tenían destinado para los clientes. ¡Solo necesitaba
que me cambiaran cien pesos por dos de cincuenta! Esto es lo que les dije a
todos los presentes, desde una actitud nada fácil de pararme frente a ellos,
porque estaba a punto de perder mi turno por no tener ese cambio. Silencio.
Gracias por su atención y un señor me alcanzó el anhelado cambio.
De nuevo la
ventanilla y la secretaria me advirtió que por haberse caído el sistema había
sobre carga de turnos y… ¡a tener paciencia!
Mucha gente.
Apenas pude ubicarme en un rincón, parada, por supuesto.
Como a los 50
minutos se me acercó una joven de unos 35 años,
bien vestida y muy bonita que me dijo: “Esto es un desafío a la
paciencia”. ¡Sí, y especial para una letra de tango!, le contesté mientras me
apresuraba a ganar una silla.
Entre miradas
que van y vienen y algunas de esas forzadas sonrisas que invitan a charlar, aunque lejos de una
situación hedonística, nos encontramos algunas señoras hablando de… ¡uy no,
de médicos y enfermedades! Por suerte pude boicotearles esa intención y
dirigirles la memoria hacia ¿quién les gustó más, Lolita Torres o Libertad
Lamarque? ¿Recuerdan alguna película que les hiciera reír mucho? ¿Cómo hacen
para que las costeletas les salgan más jugosas?
¡Ay, tiempo,
que pasas sin parecer que estás pasando!
Después de un
rato tan largo y angosto como el mes de agosto se nos acercó la misma rubia que
me había hablado de la paciencia. Se
presentó como Marcela y ¡nos preguntó si
podía cantarnos un tango!
No sé cómo
serían sus otros espacios vitales, pero en ese momento Marcela parecía gozar de
una libertad emocional envidiable. Libertad para acercarse con esa pregunta y
con un sobrante como para aceptar que alguien le pusiera obstáculo a su deseo
de cantar. Pero las señoras nos encontramos con un tácito acuerdo en las
miradas: ¿Cómo cerrarle la puerta a alguien que deseaba entrar? Y con un
protocolo impecable del Permiso, ¿puedo? empezó a cantar Nostalgias. Tono suave
de voz que parecía una caricia que nos fue envolviendo a todos.
Los pacientes
nos convertimos en un público, que sin aplaudir (por obvias razones del lugar),
le sugerimos otras canciones. Y nos regaló Nada y Naranjo en flor.
Esos tangos
tan bien cantados le pusieron otro color al lugar. Es como si su voz, que
parecía un susurro salido de un secreto, le hubiera puesto otro sabor, otra
textura a esa sala de espera en donde pudimos darle descanso a nuestra cansada
paciencia.
Quizás haya
quienes critiquen la actitud de Marcela y la de su ocasional público y nos vean
como una “alianza de compinches desubicados”. Pero desde otra mirada, estar en
un Sanatorio esperando resultados, diagnósticos, tratamientos y que de pronto
aparezca un flujo energético diferente y nos saque de esa otra sala de espera
que es nuestro pensamiento, pues bienvenido sea ese compinchismo y la empatía
que fuimos capaces de crear en ese momento de tango.
Ella se llama
Marcela. Y el tango la llama a ella.
Más tarde, en
la intimidad de mi reflexión personal me di cuenta que yo suelo ser otra
Marcela. Cuando veo niños enfermos, inquietos, molestos, aburridos, les acerco
juegos de mímica, adivinanzas, poesías o algún cuento. Nunca fui rechazada y
suelo retirarme feliz de esas experiencias. Con Marcela recibí lo que suelo
dar. Recibir y dar, esa es la cuestión. No importa con quien ni el lugar. Puede
salir bien o mal; pero seguramente si lo damos con gusto llegará bien, porque
así salió desde ese lugar único e intransferible que se llama MOTIVACIÓN.
Gracias, Marcela, por esa mañana de invierno, Sanatorio y tango.
Hawa Gazi