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Ser Niño

¡Qué seriedad, la de ser niño!

Es un quehacer que no se debe interrumpir, sino más bien acompañar, nutrir y respetar el mandato Supremo “Dejad que los niños vengan a Mí…”

Si tomamos esto en sentido de movimiento, eso es precisamente un niño: movimiento hacia adentro y hacia afuera de él. Van juntos. Se complementan. Por dentro se agitan las demandas del desarrollo y la maduración. Suaves movimientos de los sentidos con los que va aprehendiendo el mundo. Por fuera se ve su crecimiento en ese mundo que se hace cada vez más amplio y seductor y la invita a explorarlo. ¿Se lo permitimos? ¿Apoyamos la seriedad del quehacer infantil? Si la respuesta es sí, dejaremos que toque su papilla, que rompa un juguete “para investigarlo”, que se trepe a una silla, se esconda detrás de una cortina y tantos otros quehaceres que solo él puede auto gestionar. En compañía. Nunca solo. Estando con él, pero dejándolo ser él.

Es fácil quererlo; los motivos se renuevan cada día, como el sol y la luna.

Difícil criarlo, porque sus intereses se van recortando en el horizonte hogareño y aparecen las confrontaciones  entre los ¡sí! y los ¡no! que van y vienen entre chicos y grandes. Se debilitan voluntades, se refuerzan “centros de combate”, y la vuelta a la calma, por suerte, siempre aparece.

Pero entre lo fácil y lo difícil hay tantos recreos para la alegría y tantos remansos para la gratificación, que vale la pena, para chicos y grandes, ¡ser grandes con niños!

Si los grandes pudimos ser niños, dejemos que ellos lleguen a ser grandes con el mejor recetario: jugar, jugando. En todos los tiempos y modos y que el infinitivo solo sea un descanso.

Un niño sin juego es como un cielo sin sol, un llanto sin lágrimas, un río sin agua, una naranja sin jugo, un alguien sin nada…

Un niño con juego es como una taza de leche, con pan, manteca y mermelada. ¡Alimento y puro sabor!

Nunca parece más hermosa la palabra que cuando empiezan a hablarla, “usando la técnica de la metamorfosis”. Sin proponérselo, montan su propio espectáculo, unipersonal, por supuesto. Recorren el vocabulario con guiones tan naturalmente impensados, que el ocasional público (que al final  siempre es el mismo), pone el corazón en la alegría, y la alegría en la  sonrisa.

“Ya vendrán tiempos mejores”, parecen decir las letras y los sonidos que a tropezones intentan poner más derechito ese vocabulario que parece un tren descarrilado. Pero con ensayo y error van armando las palabras que ya no quieren seguir jugando a las escondidas.

¡Y cómo quedarse parado cuando llega el tiempo de los pasos! ¿Avanzo?, ¿me quedo?, parece decir el primer pasito… ¡Largada!

Es que hay un mundo que lo está invitando. Está ahí, tan cerca, que con todos sus ruidos, sonidos y formas llenas de colores lo toman de sus pasos y lo llevan a explorarlo.

Ellos se apuran para dejar de ser niños; y los grandes no queremos que se apuren tanto.

Pero el tiempo no tiene eco; solo transcurre.

La infancia es apenas un instante de una gaviota que vuela entre el mar y el cielo. No sabe hacia dónde va; solo sabe que quiere volar. Y entre esas dos inmensidades él también se va volviendo inmenso para quienes lo aman. Porque cuando se ama a un niño, ¡así se lo ama!

Hawa Gazi

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Las manos

La vida camina tomada de las manos. Ellas la recogen, la limpian, la arropan, la perfuman.

Son la primera cuna armada de ternura. Son el poder con mirada y corazón que sostienen la fragilidad de la vida recién nacida. Y mientras el tiempo va extendiendo esa vida, ahí están ellas. Siempre ellas, poniendo una frazada, un plato de comida, acompañando un enojo, abriendo puertas, cerrando heridas.

Tienen tantos motivos para su existencia que, aunque hubieran sido mutiladas por alguna circunstancia, pueden reinventarse porque son algo más que diez dedos que dan y que reciben. Están en la memoria corporal.

Son un modo de amar, reír y llorar a fuerza de mucho entrenamiento.

Las manos le ponen fuerza al saludo de bienvenida o al abrazo de una partida.

Siembran la tierra, tejen abrigos, “artesanan” la vida con ladrillo y cemento, con agua y harina y tantos otros elementos que tienen que ver con la música, el baile, el canto y los sueños que viven en acuarelas y cuentos.

Saben de tantas batallas con triunfos y derrotas y hasta logran ponerle milagros a la existencia.

Son luz en cualquier penumbra porque siempre tienen una chispa escondida en la magia de su esencia.

Se cansan y descansan…para volver a cansarse, porque ese es su periplo de las vidas que sostienen.

No son ajenas al romanticismo; pero también pueden empuñar un arma cuando la palabra no alcanza, porque eso también está en sus raíces de brisa y ventarrón.

Cuánto más sabe a pañuelo el que lo alcanza una mano para secar esa lágrima que se escapó de algún poema o de la pincelada de un adiós.

Pueden funcionar por separado, pero cuando lo hacen juntas… ¡el universo se armoniza en su redondez de pasado, presente y futuro!

Tantas cosas pueden vaciarse de contenido, pero nunca las manos, porque su contenido es el hacer; aún cuando se junten en el silencio de una plegaria o en la contemplación de un atardecer.

Son el correlato de lo que se expresa o de lo que se calla… Allí se guardan muchos actos reflejos que indiscretamente suelen aparecer como “convidados de piedra”, causando sorpresas festivas o derribando castillos de arena.

Son concretas. Serviciales. Memoriosas. Intuitivas. Intrínsecas a la vida en movimiento.

Su única pausa, es la final.

Hawa Gazi

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La familia: una realidad con metáforas

La palabra familia puede ser muy abarcativa y al mismo tiempo una profunda síntesis en la historia de cada persona. Diferencias  y semejanzas giran alrededor del eje conductor de este concepto que existe desde el origen mismo del hombre.

Lo que semeja en cada cultura es la presencia de padre- madre- hijo. Las diferencias aparecen en los estilos de vida y la movilidad de las costumbres. Pero aún así, existe otra semejanza en las familias de cualquier tiempo y cultura: los primeros cuidados que tienen que ver con comida, atención, afecto, caricias. Tienen que estar para la supervivencia, aunque difieran en la forma de hacérselo llegar a la infancia.

¿Y por qué en esta época de la vida?

Porque es donde está la tierra más fértil para la siembra, como lo diría, tal vez, un jardinero. O para esbozar los primeros trazos en los planos de un edificio, si se trata de una arquitecta trabajando en su tablero. O un modisto que prepara el material para confeccionar una prenda.

La infancia es como una flor que está naciendo, pero que antes tuvo que ser sembrada, luego regada, desparasitada y con muchas caricias de sol y de luna.

Un edificio necesita de planos, cimientos y cuidadosa construcción. Una prenda confeccionada requiere medidas, textura, colores y manos trabajándola. Un hombre tiene sus raíces, sus cimientos y detalles de su confección en el niño que fue.

Y ese niño fue, gracias a una familia, clásicamente constituida o con las variantes que fueron surgiendo a lo largo del tiempo. No importan tanto las “normalidades” o “rarezas”, sino la savia del amor en movimiento. Esto es, permitirle que se vaya configurando desde lo que es, lo que  puede llegar a ser, compatibilizando intereses, aptitudes, posibilidades y limitaciones.

¡Hay tantas formas de ser familia!

En muchísimos casos, ser padre o madre deviene en abandono. Pero por suerte existen los que construyen su amor de padres desde la crianza. No hay biología en sus simientes, y sí una enorme capacidad de dar y recibir amor filial. La adopción ha llegado para embellecer la especie humana creando familias con toda su esencia.

Y desde las bondades de la metáfora, ¿por qué no considerar familia a un bosque? ¡O a una plaza con sus espacios verdes y elementos recreativos esperando la visita de tantas familias!

¡Y si miramos al cielo! ¿No hay allí una enorme familia de sol, luna, nubes y estrellas? ¡Y cómo la visitan aviones y barriletes! ¡Y hasta el viento, que a veces se queda buscando hospedaje!

Y ese cielo con su enorme familia, también nos visita. Todos los días. ¡Es tan necesario! ¡Como toda familia!

Hawa Gazi

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Papá

Tengo un rayito
de sol
dentro de mi corazón.
¡Es papá
que me quiere
y me da calor!

Tengo una gota
de lluvia
en mi sonrisa fresca.
¡Es papá
que me riega
con sus mimos
de amor!

Tengo un clarito
de luna
muy guardadito
en mis ojos.
¡Es papá
que protege
y cuida
mis sueños!

Papá Luna
Papá Lluvia
Papá Sol
¡Te quiero
tal como sos!

Hawa Gazi

Photo by Heike Mintel on Unsplash

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Nuestra perra Camila

Desde hace aproximadamente 13 años mi hija venía hablándome de una perrita que tenían atada en la cochera donde su novio guardaba el auto. ¡Es tan bonita! ¡Nos mira como diciéndonos que la saquemos de ahí y la llevemos a cualquier otro lado! ¿La podemos traer a casa? ¡Ni lo pienses! ¡Por favor! ¡No! ¡Sí! ¡No! Y  en esa secuencia de retahílas triunfó su ¡Sí! en complicidad con una fría noche invernal.

-¡Mirá, mamá, decime si no es hermosa la Camila!

-¡Pero yo les dije que no quiero ningún perro!

-¡Es que ya no podemos verla atada en ese garaje! ¡Mirá cómo corre por todos lados!

-La dejan por esta noche, pero mañana se la llevan. ¿No ven que en el patio no podemos hacerla dormir con este frío?

  Pero Jimena se las ingenió para armarle una cuchita en su dormitorio.

  Al día siguiente me conmovió ver esas cuatro patas llevando su montoncito de pelo negro  y asombrados ojos por todo el patio. Detenerse era como perder el tiempo, pues debía ponerse al día con tantos meses de encierro.

  Pasaron los días y Camila fue tomando posesión del patio, de la casa y también de algún rincón de mi corazón. Poco a poco las razones de mis ¡No! fueron perdiendo energía y “esa pata que pide cariño” pasó a ser un miembro más de la familia.

  La queremos y nos quiere. Sabe de nuestros enojos y tristezas y su sabiduría canina la lleva a echarse al lado de quien la necesita. Su ama es Jimena, “sustantivamente” hablando, y no hay protocolos que alteren ese vínculo; pero Camila nos ama a todos y todos la amamos  desde una práctica que hacen de este cariño un acto natural, sin fronteras que separen las especies.

  El crecimiento de mis hijos  y sus lógicos proyectos de vida los fueron distanciando de la vida doméstica y de los circuitos que le son familiares a Camila. Sobre todo la  partida de Jimena hacia su nuevo hogar. En esto de finalizar ciclos o emprender nuevos comienzos es importante que algo permanezca inalterable. Y allí estamos Camila y yo, trepadas en la curva cada vez más ascendente del cariño que acompaña.

  Me hace reír con sus intentos de cazar pájaros, con su pata que pide cariño, con su pose de “cuida patio” que adopta cuando salgo a extender la ropa o hacer  mis mini caminatas vespertinas. Cuando me ve ponerme las zapatillas empieza su alegría extra del día ¡y la mía también! ¡La vieran en el patio caminando a mi lado!

  Pero ese pedazo de noche envuelto en terciopelo  tiene patas que ya acusan el paso del tiempo y se echa en algún rincón a mirarme pasar.

  ¡Tanto patio y tanto cielo para tanta Camila!

¡Es negra y brillante y con eso tiene bastante!

¡Camila es…humanamente canina!

                              Del libro “Aquí y Allá” sin editar.

Hoy Camila ya no está. La vejez se la llevó, y aunque el verbo ser la corrió hacia el pasado, sigue levantando su patita en nuestro corazón para decirnos ¡Presente!

Hawa Gazi

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28 DE MAYO, DÍA DE LOS JARDINES DE INFANTES

 Si hay un lugar donde el invierno es verdaderamente tibio y el verano absolutamente fresco, es un Jardín de Infantes. Trabajar con niños es mantenerse en esa temperatura ambiental. Observar sus juegos, dibujos, enojos, alegrías, escuchar sus diálogos, sus razonamientos, las preguntas, que al fin y al cabo, ellos mismos se responden, es un popurrí de sensaciones y emociones que nos hacen escalar montañas y descender a mesetas en una misma jornada de trabajo.

Amé ser maestra jardinera y amo recordarme como tal, y desde el presente de mi jubileo, hago un homenaje a los Jardines de Infantes compartiendo estas anécdotas.

Jardín de Infantes Ortiz de Ocampo

Carlitos: “Cheñoita”, “queo” “haché” pi “

Yo: ¡Rápido, Carlitos, andá al baño!

Como a los diez minutos, nuevamente:

Carlitos: “Queo” “hache” pi”

Yo: ¿Pero no fuiste recién?

Carlitos: “Oto cacho e pi”.

Me encontraba en un rincón de la sala haciendo el Registro mensual, mientras mis alumnos merendaban. De pronto un niño me dijo “Señorita…” Lo interrumpí diciéndole que esperara porque estaba pensando. El niño me preguntó qué era estar pensando. Me quedé sin respuesta y solo pude mirarlo… Entonces  un compañerito respondió: “Si yo hablo y nadie me escucha, es porque estoy pensando”.

Jardín de Infantes Juan Zorrilla de San Martín

Carolita

 Seño, ¿mañana hay clase?

 Sí, tesorito.

 ¿Y de nuevo mañana?

 Sí

 ¿Y otra vez mañana?

 También

 ¡Qué lindo, cuántos mañana!

Esta misma niña me trajo un día de regalo una bolsa llena de medias de su mamá. Cuando la llamé para avisarle, me contestó: ¡Con razón no las encontraba! ¡Es que la quiere tanto!

Jardín de Infantes José Vicente de Olmos. (Hoy Patio Olmos)

Un día empezamos la clase contándonos lo que habíamos almorzado. Cuando le tocó el turno a Diego, dijo: “Yo hoy comí carpa con papas fritas”.

¿Pero, eso es una comida? (Confieso que hasta ese momento yo no sabía que existía un pez con ese nombre).

Otro niño adelantó su respuesta: “No seño, son esas casitas que están debajo del puente.”

“¡Pero entonces no es una comida! insistí yo.

Y Diego, mirándome de frente, con su rostro pintado de rojo por el enojo, y levantando su dedo índice, me dijo con toda dignidad: “¡No, señorita Hawa, Carpa es el apellido del pescado que yo he  comido!”

Jardín de Infantes Manuel Lucero

En este Jardín finalicé mi carrera docente.

En este Jardín iniciaron su escolaridad mis hijos  con su inolvidable señorita Susana.

Y de este Jardín surgió el grupo de amigas-colegas “Lucero Corazón”.

¡Feliz Día, Jardines de Infantes!

¡Un lugar donde el invierno siempre es tibio y el verano no pierde la frescura!

Hawa Gazi

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UN CUENTO DE LUNA LLENA

Desde chiquita le gustó la luna. Cada vez que la descubría, dejaba de jugar y se paraba a mirarla. “¡Hola, luna!” Le mandaba besos, pegaba algunos saltitos y continuaba jugando.

Esta niña no tenía nombre, porque tenía todos los nombres: el tuyo, el mío  el de sus amigas y quizás, también el de la luna. Sus años los contaba con los dedos de una mano. Una mano que le encantaba dibujar de todo, mientras comía pan con manteca y dulce de leche.

En cualquiera de sus dibujos siempre había un lugar para la luna: chiquita, grandota, debajo de una mesa o arriba de algún árbol. Y no faltaba la luna sonriente o enojada con algunas nubes cuando no la dejaban brillar demasiado. Nunca le salía bien redonda; pero de eso se encargaba el cielo. Como el de aquella noche que le mostró a través de la ventana una enorme, redonda y brillante súper luna.

Estaba recién bañada y con pijama que se resistía a llevarla a la cama porque aún le quedaban cachitos de ganas de seguir jugando. Se acercó a la ventana, ¡y ahí estaba! Era una luna para mirarla, mirarla tan intensamente porque parecía que ella también la miraba.

Sintió ganas de tocarla y hasta de jugar con ella, pero la voz de su mamá la mandó a la cama y finalmente se quedó dormida con un brillante lucero de plata iluminando su cara.

Pero la luna ya sabía lo que la niña quería. ¿Y cómo haría para llegar hasta ella? ¡Mmm, problema lunero había en el cielo!

Como los habitantes de la naturaleza se entienden sin hablar, pero saben lo que sienten, el viento, que siempre anda por el aire, supo lo que la luna necesitaba. Y empezó a soplar ¡Ssss! ¡Sssss! ¡Ssss!, y un montón de brisas  llegadas de todas partes fueron armando un hilo; ¡sí, un hilo de viento! Cada vez más largo, y más, y más, hasta que quedó tan alto, que llegó hasta la luna. Y la pícara redonda, más brillante que nunca, se trepó al hilo y fue descendiendo como en  un tobogán. Y ¡zas!, entró por la ventana.

Tanta claridad despertó a la niña. ¡Hola, luna!

¡Hola! ¿Quieres jugar conmigo?

Y sin esperar respuesta  salió por la ventana seguida por la niña.

¡Juguemos al barrilete! dijo la luna trepándose a una punta de ese hilo de viento. Entonces la niña, tomando  la otra punta,  salió corriendo por todas partes. ¡Estaba jugando con un barrilete de luna!

¡Tanta claridad despertó a los pájaros!

¡Tanta brisa despertó a los árboles!

Y entre pájaros y árboles asombrados la niña corría seguida por la luna, muerta de risa.

Tanta risa despertó a la mamá que corrió al dormitorio de su hija a ver qué le pasaba.

¡Hija, despierta! ¿Qué te pasa?

La niña, medio dormida, pero muy sonriente, le contestó: ¡estaba jugando con la luna!

Y se volvió a dormir. Afuera la noche también dormía bajo una luna que parecía sonreír. Pero no, solamente brillaba. ¡Como brillan los sueños y dibujos cuando ella está presente!

Y colorín, colorín, este cuento también se va a dormir.

Hawa Gazi

Photo by Arianna Giavardi on Unsplash

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DÍA DEL TRABAJO

Decidimos utilizar las letras del término TRABAJO como iniciales de otras palabras que consideramos construyen el amplio y rico significado de esta palabra.

TIEMPO

Todo trabajo necesita tiempo; el que tenemos y el que quisiéramos tener. Cuántas veces nos peleamos con ese tiempo que nos falta y que el trabajo nos reclama. Y entonces lo buscamos sondeando las otras actividades que lógicamente nos hacen su justo reclamo: el sueño, el ocio, la recreación y tantas otras actividades que no tienen que ver necesariamente con el trabajo formal. Pero es este trabajo, el formal, el que nos sustenta como personas, como familia, como sociedad. Un tiempo que no involucre el trabajo que nos sustenta está reñido con la principal máxima del ser-persona: su dignidad. Es la peor pelea:   la del tiempo sin trabajo.

RETOS

Todo trabajo supone retos; los propios y los ajenos. Están aquellos retos que nos vienen desde afuera, critican, corrigen de mala forma. Imposible obviar su existencia; están y desafían el aguante. Y están aquellos retos que nos vienen desde adentro, y es otra la melodía que acompaña esta palabra: son impulsos retadores con voces inaudibles o manos invisibles que señalan el trabajo como el norte de la vida.

AMOR

Cuando se trabaja con amor por lo que se hace y por quién se hace, lo bueno se potencia. ¡Felices los que logran este estado de la vida!

BÚSQUEDA

¡Y a no rendirse, porque siempre está la posibilidad de la búsqueda! Esta palabra implica movimiento en un camino que cada uno debe recorrer. Y aún, cuando en tiempos difíciles se necesita mayor solidaridad y participación comunitaria, el camino se recorre con los propios pies. Buscar trabajo, cuidar el que tengo, seguir buscando… son las consignas.

APRENDIZAJE

Si hay algo que se necesita aprender en cualquier trabajo es el aprendizaje. Liberados los cercos de esta palabra, permitimos la entrada de algunas connotaciones. Por lo general, a un trabajo se llega habiendo aprendido algún oficio o profesión. Pero en la vida laboral nos esperan algunos aprendizajes que tienen que ver con el mundo de las relaciones. Esto es tan importante, que algunos trabajos, aunque no nos agraden, pueden empezar a atraernos cuando entablamos buenos vínculos con los compañeros. O al revés, cuántos tuvieron que abandonarlo, aunque les gustara, por…

JEFA

En muchos trabajos se tiene un jefe; pero es muy importante auto gestionar la propia jefatura en el mundo de las emociones. Pensar, decir, sentir, es decir, ser desde una coherencia que nos permita mirar de frente a los otros sin perdernos de vista.

OBJETIVOS

Como toda actividad, el trabajo también tiene sus objetivos. En cada aula, oficina, comercio, hospital, construcción, administración, etc., se establecen objetivos de origen, desarrollo y finalización, propios de cada competencia. Pero lo que es, o debiera ser objetivo común en todos los trabajos, es la universalización de un salario digno y de condiciones laborales también dignas. 

Es universal, en sus variadas facetas, el trabajo que acompaña al hombre desde su nacimiento hasta el final de sus días. En su alumbramiento están no solamente los que lo ayudaron a nacer, sino los que construyeron el hospital, los que fabricaron los insumos sanitarios y de higiene, las sábanas y hasta la ropa y el moisés que fueron trabajados para ese bebé. Sin ser ingratos con la magia que tiene todo alumbramiento, no podemos dejar de reconocer la inmensa cadena de trabajadores que, directa o indirectamente, están en este primer acto de la vida. Y la cadena se agranda acompañándolo en su alimentación, educación, recreación y posterior inserción en el mundo laboral.

Tal vez aquel bebé entre a formar parte de esta cadena, que con rostros y manos invisibles trabajaron para verlo nacer, crecer y llegar a ser uno de ellos. O a lo mejor le tocó llegar a algún lugar de poder y de mando.

Qué bueno sería que desde ese lugar se reconozca el 1º de mayo como el día que más justicia le otorgue a la condición humana: su derecho al trabajo dignamente bonificado.

Aún así, y con muchas ganas decimos ¡Feliz Día del Trabajo!

Para los que cuentan con buen tiempo, que aceptan los retos, lo hacen con amor, emprenden búsquedas en sus propios caminos y aprenden a ser jefes de sus emociones.

Que los objetivos de cualquier trabajo nos involucren a todos con equidad y justicia.

¡Trabajar con Palabras Pensadas nos hace felices!

Hawa y Jimena

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Aislamiento

Sabemos que debemos aislarnos. Incluso, cuando la necesidad nos imponga estar cerca de otros, deberemos aprender que esa cercanía tiene que ser distante. Raros conceptos en aprendizajes inesperados.

La docencia en todos los niveles educativos se maneja con una currícula del aprendizaje formal, pautado, gradual, que va escalonando dificultades en pos de metas deseables de ser alcanzadas, es decir, de objetivos. La Pedagogía y la Didáctica me tuvieron como alumna y  docente. Fue largo y amplio el camino  de aprender y enseñar en todos los niveles educativos.

¡Pero de pronto, (y no es el suspenso de un cuento) aparecen un ¿qué? ¿cómo? ¿dónde?! Todo en uno, con forma de fantasma, es decir, sin forma. ¡Invisible! Y para que no se transforme en invencible, nos tenemos que aislar unos de otros.

El individuo se vuelve mundial porque el mundo depende de cada individuo. ¡Qué nuevo sabor nos producen estas palabras!

¿Cómo aprender el aislamiento si desde que nacemos nos convertimos en seres gregarios?

¡Viviéndolo! Aquí no hay métodos, ni teorías, ni gradualidad de objetivos. Pedagogía y Didáctica se pierden en el horizonte.  ¡Es aquí, ahora y ya! Sin embargo (y aquí aparecen mis reminiscencias docentes), debemos hacer un relevamiento de la situación de aislamiento: población, recursos disponibles, metas. ¿Aislamiento solitario o con convivientes? ¿De a dos? ¿De a muchos? ¿Solo adultos? ¿Adultos con niños? ¿Con espacios limitados? ¿Con amplitud de espacios? Todo esto me sabe a una orquesta afinando los instrumentos previo al comienzo de un…desconcierto, en el contexto de una economía más desconcertada aún.

En la formalidad de la docencia la Planificación fue siempre el primer paso a toda situación educativa; y el aislamiento es un acto de aprendizaje, mejor dicho de auto aprendizaje y auto enseñanza: docentes y alumno se vuelven indivisibles en la misma autogestión.

Cuántas veces escuchamos la frase “yo aprendí en el aula de la vida”. Hoy tendremos que concederle categoría académica a esa frase. ¡Todos estamos en el aula de la vida! Tendremos que ser nuestros propios maestros enseñándonos la teoría y la práctica del aislamiento.

Cuando enseñaba, con mis colegas solíamos ayudarnos con sugerencias de objetivos, actividades, técnica evaluativas y tantos otros menesteres áulicos. En esta aula de la vida también llegan esas ayudas de todas partes y de mil maneras. El aislamiento no puede contra nuestra esencia gregaria.

Al comienzo parecía que nos distanciábamos de un afuera sin vida; sensación que fue aumentando con el correr de los días. Pero los duendes que nos habitan a los seres humanos se fueron despertando y resurgieron la música, el baile, el humor, las artesanías, la jardinería, y hasta las recetas de ese lujo ancestral que es el pan casero.

No obstante, y habiendo logrado la afinación de los instrumentos de la orquesta, cada uno debe tomar su propia batuta. Solo así podremos hacer un concierto con todos los sonidos: los de afuera y los de adentro. El llanto permitido es un sonido; la risa, también. Si hay enojo, buscar un rincón, un almohadón al que pueda pegarle y gritarle palabras. Eso también sabe a sonido. Pactar uso de espacios y tiempos. Lo importante es que cada uno haga su propio concierto (entiéndase como la intención de concertar) con lo de adentro y lo de afuera. Va a ser largo, difícil, o a lo mejor no tanto, pero siempre habrá que estar atento para afinar las variables-instrumentos y seguir “tocando el aislamiento”.

Esta frase parece remitirnos a las manos, pero desde la bondad metafórica estoy involucrando a todos los sentidos, incluido el cenestésico, que es el que nos manda desde las profundidades de nuestro cuerpo información y señales únicas e intransferibles; desde mí y para mí. Desde ese lugar tendremos  que seguir manejando la batuta del  aislamiento. Concertar con las posibilidades y limitaciones: pintar, dibujar, escribir, componer, caminar, tejer, mirar tele, escuchar radio, jugar. Y también aburrirnos y mandarnos a silencio. Y en ese silencio no nos olvidemos de agradecer, valorar y respetar a los que están trabajando para cuidarnos y protegernos. Se mueven a puro laburo, con mucho riesgo y poco descanso.

A veces, cuando me miro en el espejo me digo “estás linda”,  “arreglate el pelo”, “sacate ese gesto”, me reprocha un reto, me aplaude un acierto, me gusto, me disgusto, me río, me lloro, y luego continúo…

Hawa Gazi

Photo by Trent Szmolnik on Unsplash

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Mi abuelita

¿Quieres que te cuente

cómo es mi abuelita?

¡Tiene una carita

llena de rayitas,

que no son otra cosa

que sus arruguitas!

Arrugas hermosas,

las de mi abuelita.

¡Parecen de rosa

por lo suavecitas!

En su pelo blanco

duerme una peineta

¡porque es muy coqueta

la abuelita mía!

Y sus suaves manos

son una hermosura

porque allí anida

toda su ternura.

A veces no escucha

Y entonces se enoja,

¡se pone furiosa

con sus orejitas!

¡Ah, la pucha, pucha!

-dice mi abuelita-

¿Qué, cómo, qué dijo,

que a doña Manuela

le duele la muela?

-¡Oh no, abuelita!

-respondo sonriente-

Yo tan sólo dije

¡que-doña-Manuela-

va-a-ser-abuela!

Entonces se ríe

mi abuela de Oriente,

mamá de papá,

mi linda abuelita.

¿Que cómo se llama?

¡Abuela Angelita!

Hawa Gazi

Photo by Rod Long on Unsplash