¡Qué seriedad, la de ser niño!
Es un quehacer que no se debe interrumpir, sino más bien acompañar, nutrir y respetar el mandato Supremo “Dejad que los niños vengan a Mí…”
Si tomamos esto en sentido de movimiento, eso es precisamente un niño: movimiento hacia adentro y hacia afuera de él. Van juntos. Se complementan. Por dentro se agitan las demandas del desarrollo y la maduración. Suaves movimientos de los sentidos con los que va aprehendiendo el mundo. Por fuera se ve su crecimiento en ese mundo que se hace cada vez más amplio y seductor y la invita a explorarlo. ¿Se lo permitimos? ¿Apoyamos la seriedad del quehacer infantil? Si la respuesta es sí, dejaremos que toque su papilla, que rompa un juguete “para investigarlo”, que se trepe a una silla, se esconda detrás de una cortina y tantos otros quehaceres que solo él puede auto gestionar. En compañía. Nunca solo. Estando con él, pero dejándolo ser él.
Es fácil quererlo; los motivos se renuevan cada día, como el sol y la luna.
Difícil criarlo, porque sus intereses se van recortando en el horizonte hogareño y aparecen las confrontaciones entre los ¡sí! y los ¡no! que van y vienen entre chicos y grandes. Se debilitan voluntades, se refuerzan “centros de combate”, y la vuelta a la calma, por suerte, siempre aparece.
Pero entre lo fácil y lo difícil hay tantos recreos para la alegría y tantos remansos para la gratificación, que vale la pena, para chicos y grandes, ¡ser grandes con niños!
Si los grandes pudimos ser niños, dejemos que ellos lleguen a ser grandes con el mejor recetario: jugar, jugando. En todos los tiempos y modos y que el infinitivo solo sea un descanso.
Un niño sin juego es como un cielo sin sol, un llanto sin lágrimas, un río sin agua, una naranja sin jugo, un alguien sin nada…
Un niño con juego es como una taza de leche, con pan, manteca y mermelada. ¡Alimento y puro sabor!
Nunca parece más hermosa la palabra que cuando empiezan a hablarla, “usando la técnica de la metamorfosis”. Sin proponérselo, montan su propio espectáculo, unipersonal, por supuesto. Recorren el vocabulario con guiones tan naturalmente impensados, que el ocasional público (que al final siempre es el mismo), pone el corazón en la alegría, y la alegría en la sonrisa.
“Ya vendrán tiempos mejores”, parecen decir las letras y los sonidos que a tropezones intentan poner más derechito ese vocabulario que parece un tren descarrilado. Pero con ensayo y error van armando las palabras que ya no quieren seguir jugando a las escondidas.
¡Y cómo quedarse parado cuando llega el tiempo de los pasos! ¿Avanzo?, ¿me quedo?, parece decir el primer pasito… ¡Largada!
Es que hay un mundo que lo está invitando. Está ahí, tan cerca, que con todos sus ruidos, sonidos y formas llenas de colores lo toman de sus pasos y lo llevan a explorarlo.
Ellos se apuran para dejar de ser niños; y los grandes no queremos que se apuren tanto.
Pero el tiempo no tiene eco; solo transcurre.
La infancia es apenas un instante de una gaviota que vuela entre el mar y el cielo. No sabe hacia dónde va; solo sabe que quiere volar. Y entre esas dos inmensidades él también se va volviendo inmenso para quienes lo aman. Porque cuando se ama a un niño, ¡así se lo ama!
Hawa Gazi
