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Autogestión

Apenas nacemos empezamos a auto gestionar la vida. Si bien en los primeros años necesitamos más ser asistidos, la autogestión siempre está presente: respiración, succión, sentarse, pararse, caminar, y toda la vida que sigue hacia adelante. Se suman acciones en una integración transformadora. ¡Cuántos hitos van marcando los triunfos de la autogestión! ¡Maravillosa experiencia la de esa manito que por primera vez toma la cuchara y se lleva el alimento a la boca! ¡Y no hay vuelta atrás!

Como no la hay cuando se empiezan a dar los primeros pasos, a cepillarse los dientes, y en tantos otros inicios de la conducta humana donde deben cohabitar amablemente lo natural y lo social.

En las primeras experiencias va a prevalecer la torpeza motora, pero desde la necesaria asistencia del entorno se debe respetar la ineludible e irreemplazable teoría del ensayo y error. Hacer y dejar hacer es el compromiso gregario que sustenta la autogestión.

¿Por qué es importante auto gestionarse?

Porque va cimentando la independencia. Recuerdo una vez en mi época de maestra jardinera cómo unos niños hacían fila en el patio para que otro les atara los cordones de sus zapatillas. Todos tenían 5 años, pero solo uno sabía hacerlo, hasta que se cansó y se fue a jugar. Los que aún tenían los cordones desatados se quedaron sentados esperando su regreso. Una dependencia que les costó quedarse sin juego. Durante algunas clases me ocupé de que todos los pequeños aprendieran a atarse los cordones. Fue una buena inversión de tiempo y energías, pero valió la pena. La autogestión estuvo presente, y el respeto por el ritmo y las pausas personales, también.

Controlar esfínteres, colocarse un abrigo, colorear un dibujo respetando límites, escribir sobre las líneas del cuaderno, reír, llorar, y el listado de un infinito etcétera, son experiencias infantiles que se “imprimen” en el cerebro. La repetición experiencial va conformando una huella mnémica que se actualiza en la autogestión de nuevos aprendizajes.

En la infancia más temprana, las necesidades motrices ocupan mayor espacio y el aprendizaje se centra en la coordinación de los grandes y pequeños movimientos. Más adelante, y en la medida que se amplíe el espectro social, lo emocional también tendrá su lugar en los diferentes aprendizajes. Antes, reír o llorar respondían a la autenticidad y a la espontaneidad como manifestaciones del aquí y ahora transitando por caminos directos que no admiten la postergación. Pero en ese abanico de posibilidades sociales donde van apareciendo nuevos intereses y necesidades, y desde una autogestión bien entrenada, se puede empezar la búsqueda de caminos indirectos que contribuyen a la postergación y moderación. Esas explosiones emocionales tan características de la niñez empiezan a pasar por el tamiz de la autogestión. No significa restarle autenticidad; simplemente pensar más, moderar, adecuar.

Ni aún así tenemos asegurado el acierto. Pero lo que sí es seguro, es que la energía se renueva cada vez que el pensamiento se expande buscando caminos alternativos para abordar preguntas o emitir respuestas. Es la base de todo aprendizaje. Mientras tanto el Pragmatismo y la Filosofía hacen lo suyo en cada estilo de vida. Proveen lo general para que pueda emerger lo particular. Allí está la intimidad de la autogestión: única, exclusiva, que solo se parece a sí misma.

Hawa Gazi

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Materia prima y acto creativo

Un trozo de tela, hilo, aguja.

Frutas, verduras.

Colores, pinceles, lienzo.

Ladrillos, arena, cal.

Lápiz, papel.

El listado de materia prima es interminable, como lo es la capacidad hacedora de quienes la usan. Y la transforman creando maravillas.

En esa materia prima siempre hay un latido que espera, una esencia en gestación, una vida por nacer, una apuesta a la corazonada, y mucho por hacer. Todo está en bandejas. Y las manos se sirven. ¿Son manos o duendes? ¡Son todo!

Hilos, telas, agujas, y un vestido para esa novia que espera cargada de sueños. Principio de una artesanía que  finaliza en otro comienzo de vida.

Verduras, frutas. Son las “mansamente bravas” de la naturaleza. Generosas para estar en la tierra y equitativas en un plato de ensalada. Se reparten colores y sabores a puro ejercicio de la democracia; ninguna es más ni tampoco menos. Conocen sus funciones y el placer de dar placer. Saben de “la unión hace la fuerza”, porque si bien ninguna es reemplazable en su singularidad, cuando se juntan son toda una empresa que solo sabe de ganancias. ¡Bendita materia prima para los que hacen un reto creativo del buen cocinar y el buen comer!

Colores, pinceles, lienzos.  La magia del sol y la luna mirándose en el mar. Árboles y pájaros tapizando el cielo. La infinitud de formas y colores en una maravillosa complicidad de plasmar en el silencio del acto creativo que tanto habla a los sentimientos.

Ladrillos, cal, arena. Cuánta simplicidad en su poderío. Admiro profundamente la mano de obra que trabaja con esta materia prima. Me pregunto qué pensarán esos artesanos de la construcción cuando llegan por primera vez a un pedazo de tierra en donde no hay nada. Al igual que una hoja en blanco o un lienzo vacío. Tal vez ni se den cuenta; son puras manos a la obra que están hechas para hacer. Y cuánto hacen sin imaginar siquiera que en sus construcciones a pura artesanía, cuando lleguen al  “colorín y colorado, esta obra ha terminado”, se empezarán a vivir historias en donde ellos, los albañiles, ya no estarán. Pero sí sus firmas invisibles distinguiendo sus obras de arte.

Lápiz y papel.

Ahora mismo, con un lápiz y papel quiero rendirles un sentido homenaje a esos señores de la construcción que hacen de su vida laboral un acto creativo. Es lo que siento cuando los veo bajo un sol que quema o un frío que lastima. Y le dan a la artesanía con esa materia prima tan pesada y dura de trabajar. Ríen, gritan, cantan, corren a comprarse pan y fiambre y nunca se olvidan de encender la radio.

También con este lápiz y papel, (porque así lo hago antes de pasar a la computadora) escribo un enorme GRACIAS a todos los que se permiten que el acto creativo les toque la vida. Porque siempre trasciende y provoca maravillas.

Eva Gazi

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En el alma de los pájaros

Queremos compartir con nuestros lectores las palabras de Adriana, una amiga muy especial. Hace poco su madre dejó este mundo para volar por el cielo moviendo sus alas y Adriana escribió estas líneas.


Cuando la vida se va yendo, cuando se escabullen entre los dedos los últimos suspiros, allí se percibe suavemente el aleteo de los pájaros. Los hay de todos los colores de los del arco iris, y algunos con destellos de luna o de sol; de suaves plumajes o de suaves vellones, cálidos y palpitantes.

Ellos, ellos saben cuándo tienen que llegar; justo, justo a la hora indicada. Basta solo acercarse a la ventana, o recostarse en el dintel de entrada, silenciar las palabras, acallar el llanto y aguzar la mirada.

Y quizás, en ese mismo momento en que pareciera que se acaba la vida, ella, el Alma, se encuentra con su pájaro en la ventana. El Alma, esencia pura de energía que perdura, aliento suave de vida y vibración. Cuando su vieja morada, desgastada y maltrecha ahoga dolencias y calla reclamos, ella, erguida, se eleva en un sublime encuentro: ¡el pájaro comienza a cantar!

Así, cuando alguien distraído pregunte ¿a dónde anida el Alma cuando la muerte llega?, invítalo a alzar la mirada, silenciar las palabras y descubrir el alma perdida en la inmensidad de la vida.

¡Vuela, Alma querida!

Recorre el cielo en triunfal carrera. Lleva la alegría de tu canto a aquellos que hoy no encuentran consuelo. Y hazle saber que estás ahí, acompañándolos.

Adriana Cavigliasso

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Tania y Mario: la Libertad

José Saramago, en su prólogo para el disco de Tania Libertad

“no es verdad que en el mundo todo está descubierto. El mundo no es solo la geografía con sus valles y montañas, sus ríos y sus lagos, sus planicies, los grandes mares, las ciudades y las calles, los desiertos que ven pasar el tiempo, el tiempo que nos ve pasar a todos. El mundo es también las voces humanas, ese milagro de la palabra que se repite todos los días, como una corona de sonidos viajando en el espacio. Muchas de esas voces cantan. La primera vez que oí cantar a Tania Libertad tuve la revelación de las alturas de la emoción a que puede llevarnos una voz desnuda, sola delante del mundo, sin ningún instrumento que la acompañara. Tania cantaba a capela La Paloma de Rafael Alberti, y cada nota acariciaba una cuerda de mi sensibilidad hasta el deslumbramiento.”

Ahora Tania Libertad le canta a Mario Benedetti, ese gran poeta a quien tan bien le sentaría el nombre de Mario Libertad.

Son dos voces humanas, profundamente humanas, que la música de la poesía y la poesía de la música han reunido. De él, las palabras; de ella, la voz. Oyéndolos estamos más cerca del mundo, más cerca de la libertad, más cerca de nosotros mismos.

Olga Gazi

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Sala de 5: el diploma real y virtual

Año 2020… el año de las pantallas, de los zooms, de las video llamadas… de la virtualidad. Es que este año la vida se nos pasó en la pantalla. Y cuando digo la vida, me refiero a todo lo que hacemos y a todo lo que somos: escuela, trabajo, familia, amigos, cumpleaños y la lista sigue. 

Desde mi experiencia, me convertí en docente de mi hija de 5 años, con el perdón de todos los cuerpos docentes por mi atrevimiento de atribuirme semejante título. Descubrí, entre otras cosas que mis dotes pedagógicas improvisadas y autodidactas son escasas, por no decir nulas.

Sin embargo, estuve al lado de mi Olivia, de sus manitos que escriben sus primeras palabras, de sus trabajos plásticos, de sus dibujos… de su paso por la sala de 5. Un paso que desde el plano espacial puede resultar efímero, pues solo fue al cole apenas dos semanas.

Pero desde el aprendizaje académico, afectivo y emocional, más que un paso, este año significó un largo camino que recorrimos en familia. Siempre bajo la guía incansable y paciente de su seño Gi y de sus devoluciones que también sentí un poquito mías y compartía con Olivia.

¿Aprendió las letras y los números? Algunos sí y otros todavía no. ¿Se acuerda cuáles son los vertebrados y los invertebrados? No me atrevo a preguntarle. De lo que sí estoy segura es que ambas hemos aprendido que la educación en casa no es lo ideal, pero que cuando la situación apremia, poniendo un poco de paciencia (por más que pensemos que es una virtud en extinción, siempre nos queda alguito por ahí) y mucho amor, se puede salir adelante.

Ayer fue la entrega de su diploma. Evento importante si los hay. Lejos de ser un simple papel, es un símbolo que marca el fin de una etapa y el comienzo de otra. Una etapa que la hemos atravesado como pudimos, con aciertos y desaciertos, pero que debe cerrarse para que la primaria llegue como corresponde a ocupar su lugar.

Protocolo va, protocolo viene, pudo recibir el diploma de la mano de su seño, como debe ser. Desde el auto decorado para la ocasión, mamá, papá y hermana acompañamos a la egresada a recibir lo que le pertenece sin ninguna objeción.

Llegamos los cuatro al colegio, bajamos las ventanillas del auto y allí estaban las maestras con una sonrisa que no pudimos ver a causa del barbijo, pero que de seguro inundaba sus rostros de alegría. Y nosotros, también con barbijo y con algunas lágrimas de emoción que se nos escaparon sin querer queriendo, fuimos testigos de semejante acontecimiento.

Olivia recibió su diploma, feliz de vestir su uniforme de jardín por última vez, feliz de volver a su cole, feliz de ver a su seño, feliz de recibir lo que se ganó. Luego subimos las ventanillas y nos fuimos. Faltaron los besos y los abrazos, pero sobraron emociones, amor, satisfacción y dedicación.

¿Y los abuelos y el resto de la familia? ¿Se quedaron con las ganas de estar presentes en el “acto de fin de año”? No, lo vieron y lo vivieron a través de una pantalla. Porque este año aprendimos que la vida también se vive desde lo virtual. No los pude ver, pero estoy segura que también se les humedecieron las mejillas con alguna que otra lágrima de alegría de ver que su nieta y sobrina ya pasó a primer grado.  

Jimena Freytes

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El libro entre la realidad y la fantasía

El libro le ofrece al niño la posibilidad de reinventar la realidad. Muchas veces esta le resulta ingrata o difícil de ordenar. Su crecimiento y contacto con el entorno le provocan lógicas consecuencias  y desorganización interna. Sus “¿por qué o “para qué” de tal o cual cosa deambulan entre la realidad y la fantasía. La realidad son los adultos y sus mandatos: hay que hacer esto, horarios que cumplir, tareas indelegables. Y también la realidad es  su cuerpo que circula por lo familiar y lo social despertándole una amplia gama de sentimientos. La realidad se le va imponiendo como algo importante, y que hay que compartir. La fantasía en cambio le pertenece, pero necesita estímulos y alimentos saludables. Uno de ellos es el libro.

Creador de palabras

Es una forma muy simple, casi rústica de expresar el enriquecimiento del lenguaje. Es en la infancia más temprana donde el lenguaje se ve multifacéticamente creado y recreado; pero quien enciende esa luz de posibilidades es el libro y toda la magia que contiene. Si son muy pequeños, será la persona que les lea la responsable de que pueda disfrutar de esa magia. Porque en definitiva de eso se trata: disfrutar de los duendes que hay en las palabras. Ellos las escuchan, las hacen suyas y las recrean en sus juegos y sus posibilidades fónicas.

Importancia del narrador

Un buen narrador es algo así como un mago. Sus instrumentos principales son la voz y la gesticulación. La voz debe tener un abanico de tonalidades que abarque desde un “suspiro del viento” hasta “el estruendo del trueno”. Que en ese suspiro el niño pueda entender y disfrutar que el viento está enamorado, o aburrido o tiene sueño, etc., según lo indique el texto.  Si se trata de un trueno, que lo convenza de que la tormenta se acerca. Y si es posible, que  un “pseudo miedo” provoque esa cosquilla que recorre la piel, y que no es otra cosa que la emoción que le despierta lo que se le está leyendo.

En cuanto a la gesticulación, el narrador debe poner el mundo en sus manos y sus gestos. Pero desde la belleza de lo simple. Manos, mirada, gestos, deben acompañar el texto cual dibujos lineales  apenas insinuados. Lo demás lo pone el niño, que tiene otro mundo en su corazón  y que lentamente  va descubriendo con ayuda del libro, entre otras cosas.

La lectura como costumbre

La costumbre es posible a partir de la repetición de actos. El niño es primordialmente sensorial. Ver cotidianamente el libro, tocarlo, escucharlo, le hará incorporarlo como un objeto familiar más. Leerle seguido, sobre todo de noche, aunque también en cualquier otro momento que se perciba buena disposición. Más adelante, cuando aprenda a leer será él mismo el que se genere el placer de la lectura, porque la costumbre ya estará instalada. Pero como en todos sus tempranos aprendizajes, los pasos previos no puede darlos solo.

Entre  el “Había una vez…” y el “Colorín y colorado…” hay toda una siembra en esa  tierra fértil llamada Niño. Sagrada siembra. Exquisita y sensible. Así debe ser. ¡Porque así es la infancia!

Hawa Gazi

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Abu, ¿hacemos pijamada?

Es un honor enriquecer nuestras Palabras Pensadas con aportes literarios tan sabrosos como este. Este artículo fue escrito por la Dra. María Elena Elmiger. Además de abuela es Dra. en Psicología. Psicoanalista. Prof. de Grado y Posgrado de la Fac. de Psicología. UNT. Investigadora. Autora de libros. ¡Qué lo disfruten!

Abu, ¿hacemos pijamada? La vocecita de Joaquín fue la musa que despertó mi imaginación y la de toda la familia. Después de todo, ¿por qué no? Si este año aprendí a jugar y a escuchar a mis pacientes niños por video llamadas y a los adultos por teléfono. Pude dar clases en la universidad, tomar exámenes, tener reuniones de investigación, dar cursos de posgrados en distintos lugares del mundo (claro, todo es más posible y económico), participar de congresos importantísimos ¡Con gente de todo el mundo, por supuesto! ¿Se imaginan la riqueza de las discusiones al tratar temas con colegas de Estados Unidos, Francia, Brasil, España, Argentina, desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego? ¿Y se imaginan el dolor y la sorpresa cuando alguno de aquellos con los que estás conversando tiene un acceso de tos y dice “tengo que retirarme porque no me siento bien, estoy infectado”?

Hemos inventado un mundo para sobrevivir ante tanto dolor. Mis pacientes, muchos de ellos personal de la salud, toman su hora de sesión para llorar a los compañeros muertos, o para hablar de cómo pudieron acompañarlos hasta la despedida final, sin un roce, sin abrazos, totalmente enmascarados y enfundados porque toda lágrima, toda humedad del cuerpo es contagiosa. 

Yo siempre pensé que las sesiones telefónicas dificultaban la escucha. Debo decir que estaba equivocada. Puedo acompañarlos, llorar con ellos, seguir sus duelos, pero también sus logros.

Les voy a contar algunas anécdotas, sin romper mi compromiso con el secreto profesional:

Uno de los niños que atiendo, agobiado por el encierro, me dijo una vez: “¿Sabés que me enteré que una nena estuvo encerrada varios años en un desván porque era judía y los nazis la querían matar? Ella escribió un diario. ¡Yo no escribo, pero invento que estoy en Nueva York!” Otro: “¿Sabés Malena qué es el MAP? ¡Un movimiento de adultos atraídos por los niños!” (Luego habló y denunció un abuso al que había sido sometido).

Y así juegos tras juegos, palabras tras palabras, dolores tras dolores y llantos tras llantos… ¡hasta denuncias! se fueron tejiendo todo este año por teléfono o por zoom, en una vorágine en las que mi escritorio pasaba de ser un aula de la facultad, un anfiteatro de un congreso, o simplemente mi consultorio.

Pero el refresco, el remanso, es la vocecita de Joaquín cuando sugiere pijamada.  Allí nos juntamos subidos a alguna plataforma: Lore desde el centro porteño; José, Juli, Joaquín y Anita, desde Villa Crespo; Pablo, Geor, Cami y Evo, desde Catamarca y nosotros, los abuelos, ahora en Andalgalá, rodeados por los cerros catamarqueños. Y jugamos a las carreras de embolsados, a las carreras de la cuchara con huevo, al dígalo con mímica, al ahorcadito.  Hacemos slime, contamos cuentos, cantamos y jugamos a algún juego de mesa. Mientras tanto, nos visitamos, conversamos, nos ponemos al día con todo lo lindo y lo feo que nos toca vivir en esta pandemia.

Quiero contarles que mi pacientito, el que habló de Anna Frank, me hizo pensar que muchos pasaron situaciones iguales o incluso más graves que una pandemia. Muchos de nuestros ancestros soportaron guerras mundiales. El maestro Freud escribió su obra más fecunda sobre los duelos durante la Primera Gran Guerra mientras tenía dos hijos y un yerno en las trincheras.

¡Claro que es difícil soportarlo! Pero si algo he investigado y aprendido en estos tiempos de pandemia, es que lo peor para nuestras vidas es desviar la mirada ante las cascadas de enfermedades y muertes que el COVID produjo y produce. Es posible y necesario mirar lo que pasa, único modo de soportar el dolor sin morir en el intento. Pero para hacerlo, es preciso también crear microclimas que ayuden a sobrellevarlo.  

La tecnología nos está dando una mano. Podemos usarla para inventar maneras de vivir; armar un mundo donde el amor (incluso el sexo) aflore, donde se puedan festejar cumpleaños, cenar con el o la amado/a, jugar con nuestros nietos y hacer nuestros trabajos. Es posible armar el “lado b” de la pandemia sin arriesgar nuestra vida y la de los otros.

Dra. María Elena Elmiger

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Mi hermana mayor

No es mamá, ¡pero tanto se le acerca!

Su piel siempre a punto para acompañar a sus hermanas en sus triunfos y fracasos.

Ser mayor de cinco hermanas es todo un significado de vida por dentro y por fuera de la familia. A tal punto que termina siendo un escudo, un referente al que se acude cuando el interrogante persigue porque la comprensión no alcanza.

Es la única hija que tiene las llaves de la casa, porque sin padre comprometido y madre que tiene que salir a trabajar, no hay disminución de opciones que se le iguale. Ser mayor de cinco hermanas sin la presencia paterna, es estar siempre al frente de tantas batallas. De esas que se pierden o se ganan en la cocina, en las camas bien o mal tendidas y en las rodillas lastimadas de sus hermanas cuando juegan; porque al final siempre son las únicas que juegan.

Me pregunto qué duendes mágicos pueden habitarla para ser tanto ante sus hermanas con tan pocos años de distancia y haber encontrado horizontes donde acomodar sus sueños.

Tan firme en la tierra hogareña, que no hay viento que la empuje ni tormenta que la asuste; solo un fulgor ilumina su inmenso amor fraternal.

Hermana mayor con trinos de canario en su maravillosa voz. Se volvía un verso con melodía cantando el Ave María. Hasta los suspiros se volvían silencio cuando nos seducía con el ‘O Sole Mio. Y si habrá imaginado Luis Alberto del Paraná que su “Anahí” paraguaya alcanzaría la cumbre de interpretación en su voz argentina.

Experta en llevarnos de la mano para cruzar puentes solitarios. Porque en épocas lejanas, ser hijo de padres separados marcaban deshonrosas diferencias. Por suerte en el camino del tiempo se borran las huellas de algunas pobrezas humanas. Y también, por suerte, en ese mismo camino pueden sembrarse muchas grandezas.

Tener una hermana mayor es asegurarse cada día porciones de algo especial. Si a lo largo de la vida juntas esas porciones el agradecimiento solo rebosa en una palabra: GRACIAS.

Cada uno sabrá si es así. En femenino o masculino.

¡Siempre en tiempo presente, gracias, hermana Marta Ángela!

Hawa Gazi

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Perder un ser querido en la pandemia

Cuando la estadística tiene nombre y apellido y genera un valor afectivo además del numérico, la cosa cambia.

Cuando la cifra de muertos por coronavirus que se da a conocer a diario incluye a un ser querido, la pandemia se vuelve tan real como el dolor que se siente en el pecho cuando la doctora da la triste noticia: ha fallecido. Dos palabras que jamás quisiéramos oír, dos palabras que se clavan en nuestro corazón como un puñal que no podés sacar.

Las palabras para describir el dolor por la muerte de un ser querido sobran, restan, deambulan sin saber si son las correctas o no. El silencio puede parecer egoísta y apático, pero esconde un acompañamiento en el plano de las almas.

Perder a un ser amado en pandemia genera un sufrimiento que se indexa por la situación actual en cualquier parte del mundo en la que te encuentres. Los abrazos de la familia y amistades no llegan a concretarse, por temor al contagio. El distanciamiento se llevó consigo las caricias que hubieran entibiado ese dolor gélido que deja la muerte.

Las distancias se agigantan porque no podemos sortearlas con un pasaje. La cuarentena nos ha sitiado; nos ha bloqueado el paso al encuentro con los que se han quedado en este plano cargando con su tristeza. ¿Velatorio? ¿Entierro? No, esas costumbres han quedado en el pasado y no forman parte de esta nueva “normalidad”.

¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos acompañar a quienes amamos y se han quedado sin un trozo de su corazón? No tengo las respuestas… Solo nos queda manifestarles el consuelo de saber que a quien tanto amaban descansa ya sin dolor y en paz. Les hagamos ver que en ellos aún vive un pedacito del ser que ha partido hacia un lugar mejor y que en sus corazones siempre habrá un latido para ellos.

Honremos la vida de quienes no están. Aprovechemos cada nuevo día y pidamos que nos ayuden desde dondequiera que estén.

Jimena Freytes

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La casa de la abuela

Tiempo y espacio se unifican en el mismo reinado cuya corona la sostienen solo los nietos. Ellos son los reyes, y apenas se les abre la puerta de la casa de la abuela, su mandato es: “a jugar y desordenar”. Todo se pone al servicio de ese mandato que tiene la magia de armonizar los pasos, aunque tengan diferentes ritmos y asimétricas distancias.

¡Chucu chucu uuu! El trencito anda por el bosque y enganchó otro vagón. Pero nunca llega a la estación porque una pelota voladora lo hace descarrilar y “su pasajeros” salen corriendo tras ella. En esas corridas aparece un “fantasma” que… “¡ahora los voy a atrapar!”, ¡y a jugar a las escondidas!, mientras un bostezo adormece la pelota en un rincón.

¡Es la casa de la abuela! ¡Está tan lejos de nada y tan cerca de todo!

No es linda ni fea, ni chica ni grande, ni lujosa ni sencilla. Es la casa de la abuela, donde se juega, se desordena y se comen las galletas que siempre llegan.

Estar allí es encontrarse con esa constelación de juguetes que los están esperando. Por lo general no son nuevos, porque también acusan el paso del tiempo y, en ellos, las manos de la abuela fueron reafirmando su afán de guardar. Aunque falte una ruedita, una pata al caballo, o un ojo al peluche, es en la casa de la abuela donde la infancia les pone alma a los juguetes.

Es allí donde no hay maleza de permisos que cortar, solo una infinita llanura que invita a jugar.

Son momentos de suspiros que llegan y se van; pero que cuando están, saben a felicidad total.

Hay abuelas cuentacuentos, otras cosen, amasan, tejen lanas y sueños, pintan, arreglan plantas y también sus cabellos y rostros.

Como pueden, o aunque no puedan, ponen el cuerpo en las rondas y en tantos juegos donde la gran ausente es la tecnología. No la necesitan para modelar con masa, colorear papeles, cantar, bailar, hacer títeres y jugar al miedo, a la risa y… “¡vamos niños, saluden, que ya es la hora de irse!”.

La noche apaga la luz en una perfecta redondez del mundo. Queda un cansancio que hizo descansar y un silencio con verso y música inunda la casa de la abuela.

Hawa Gazi

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