Apenas nacemos empezamos a auto gestionar la vida. Si bien en los primeros años necesitamos más ser asistidos, la autogestión siempre está presente: respiración, succión, sentarse, pararse, caminar, y toda la vida que sigue hacia adelante. Se suman acciones en una integración transformadora. ¡Cuántos hitos van marcando los triunfos de la autogestión! ¡Maravillosa experiencia la de esa manito que por primera vez toma la cuchara y se lleva el alimento a la boca! ¡Y no hay vuelta atrás!
Como no la hay cuando se empiezan a dar los primeros pasos, a cepillarse los dientes, y en tantos otros inicios de la conducta humana donde deben cohabitar amablemente lo natural y lo social.
En las primeras experiencias va a prevalecer la torpeza motora, pero desde la necesaria asistencia del entorno se debe respetar la ineludible e irreemplazable teoría del ensayo y error. Hacer y dejar hacer es el compromiso gregario que sustenta la autogestión.
¿Por qué es importante auto gestionarse?
Porque va cimentando la independencia. Recuerdo una vez en mi época de maestra jardinera cómo unos niños hacían fila en el patio para que otro les atara los cordones de sus zapatillas. Todos tenían 5 años, pero solo uno sabía hacerlo, hasta que se cansó y se fue a jugar. Los que aún tenían los cordones desatados se quedaron sentados esperando su regreso. Una dependencia que les costó quedarse sin juego. Durante algunas clases me ocupé de que todos los pequeños aprendieran a atarse los cordones. Fue una buena inversión de tiempo y energías, pero valió la pena. La autogestión estuvo presente, y el respeto por el ritmo y las pausas personales, también.
Controlar esfínteres, colocarse un abrigo, colorear un dibujo respetando límites, escribir sobre las líneas del cuaderno, reír, llorar, y el listado de un infinito etcétera, son experiencias infantiles que se “imprimen” en el cerebro. La repetición experiencial va conformando una huella mnémica que se actualiza en la autogestión de nuevos aprendizajes.
En la infancia más temprana, las necesidades motrices ocupan mayor espacio y el aprendizaje se centra en la coordinación de los grandes y pequeños movimientos. Más adelante, y en la medida que se amplíe el espectro social, lo emocional también tendrá su lugar en los diferentes aprendizajes. Antes, reír o llorar respondían a la autenticidad y a la espontaneidad como manifestaciones del aquí y ahora transitando por caminos directos que no admiten la postergación. Pero en ese abanico de posibilidades sociales donde van apareciendo nuevos intereses y necesidades, y desde una autogestión bien entrenada, se puede empezar la búsqueda de caminos indirectos que contribuyen a la postergación y moderación. Esas explosiones emocionales tan características de la niñez empiezan a pasar por el tamiz de la autogestión. No significa restarle autenticidad; simplemente pensar más, moderar, adecuar.
Ni aún así tenemos asegurado el acierto. Pero lo que sí es seguro, es que la energía se renueva cada vez que el pensamiento se expande buscando caminos alternativos para abordar preguntas o emitir respuestas. Es la base de todo aprendizaje. Mientras tanto el Pragmatismo y la Filosofía hacen lo suyo en cada estilo de vida. Proveen lo general para que pueda emerger lo particular. Allí está la intimidad de la autogestión: única, exclusiva, que solo se parece a sí misma.
Hawa Gazi


