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Lazo de amor

Gracias, Adriana, por compartir con nosotras tus palabras. En esta oportunidad, le damos la bienvenida a la primavera con este texto tan bonito que escribió ella.

Poco a poco, fue tendiendo sus ramificaciones hacia todos los sentidos y planos de la maceta. 

Plantita pequeña, insignificante que un día encontré y alojé en mi jardín. 

Llamada también malamadre, porque produce gemas o plantitas que crecen de forma independiente. 

Pensar en el lazo de amor, me remite a mi familia; la cercana, la que conformé hace mucho tiempo atrás y que, como esta planta, fue mutando y dispersándose. 

Cambiante; por momentos verde intensa, con destellos amarillentos y ámbar. Brillantes hojas, tierra húmeda, terrones frescos y aromáticos. 

En ocasiones poblada de hojas quebradizas, crujientes, ocres. 

Algunas gemas, devinieron en bellos niditos ensortijados, alejados de la planta madre, la que le dio vida, aunque siempre unidos, compartiendo la savia y el sustento. 

Con la llegada de la primavera, como en la vida, asoman temerosas, frágiles florecillas blancas, bellas, únicas, como los nietos. 

Eso sí, hay que cuidarla, acariciarla, susurrarle palabras amorosas. Es que como la familia, el lazo de amor si recibe lo que necesita, perdura, reverdece y florece por siempre. 

Adriana Cavigliasso 

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11 de septiembre: día de la maestra y del maestro

Estas palabras las escribí para la seño Juli, la primera maestra de Amelia. Los sentimientos que despierta esta dedicatoria son compartidos por todas las familias de la Burbuja Verde, ahora unificada sala de 3.

Hago extensivo el saludo a todos y todas las maestras que pasaron por mi vida y a las y los docentes de mis hijas en el colegio Escuti, para quienes solo tengo palabras de agradecimiento. ¡Gracias por ponerle amor a la enseñanza!


El dino de la imagen lo armaron entre todos y todas las alumnas de la salita.

Jimena Freytes

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Portugal, tierra de ensueños

¡Gracias, Olga, por enriquecer nuestro blog!

Hace unos días recibí fotos de Lisboa de una prima que sabe que visité Portugal hace ya bastante tiempo.

Muchas cosas van quedando en el recuerdo, como ese paisaje portugués que no tiene nada de austero. Es alegre, verde, tibio y lírico. Hasta el Tajo parece iniciar también una cierta tendencia a la lírica al internarse en tierras portuguesas. Se bordea de árboles, se cubre de barcas en forma de medialuna, se acompaña de canciones dulces que parecen llevar en cada nota muchas tristezas y ternuras mías. Decididamente los portugueses han conquistado y hecho suyo el más representativo de los ríos castellanos.

En silencio se paladea mejor la belleza de la noche portuguesa.

Parece que la naturaleza habla con la luna y el eco de sus palabras son esas olas del Tajo; perfumadas olas que nos envuelven y relacionan nuestro infinito interior con la inmensidad que nos rodea.

Portugal, te envío un beso de luna, de amor, de quietud.

Olga Gazi

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Versos locos

¡Feliz día de la infancia! Lo celebramos a nuestra manera… con palabras. Un poema que define la niñez con sus locuras y travesuras. Este poema es extraído del libro Versos de chocolate de Eva Gazi.

Estos versos locos
nacieron un día
en que el sol llovía
y la lluvia dormía.

 La noche viajaba
sentada en tranvía
comiendo galletas
de color sandía.

La luna coqueta 
se puso un collar
que armó con burbujas
que sacó del mar.

Las nubes cansadas
de solo vagar
se pusieron botas
para trabajar.

El viento aburrido
de tanto soplar
tocando un silbido
se puso a bailar. 


¡Qué versos tan locos
los de esta locura,
mejor me los guardo,
ya no tienen cura!

Eva Gazi

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La cama

Un poema exquisito que describe de forma especial y muy sentida algo tan cotidiano como irse a la cama ¡Gracias, Adriana!

Nido tibio de intrincadas desavenencias.                                                                                 

Gélido témpano que condensa soledades.

Refugio. Guarida. Anclaje apasionado de abrazos y caricias.

Mar bravío donde acaban lágrimas perdidas.

Lecho que abraza.

Vigilia de apacibles sueños y tremendas pesadillas

de noches vigorosas, de ardores y estampidas.

Amaneceres remolones de comenzar una nueva vida.

Cura de dolencias, descanso y remanso de cuerpos enfermos.

Burdel de entrega, de goce entrelazando vidas.

En la oscuridad clandestina invita a confidencias y,

con el clarear del día, visibiliza lo que queda.

Tantas veces ocupado, compartido por momentos,

el  lecho  se vislumbra vacío,

Solo con la soledad que acompaña, que consuela de soslayo.

Hay días festivos, invadidos de presencias,

de risas de niños que saltan hasta el cielo.

Hay días oscuros, de cuerpos inertes,

vueltos sobre sí mismos, rencorosos, recalcitrantes.

El cuerpo une, convoca, evoca…

Late vida entre las deshilachadas cobijas.

                            Adriana Cavigliasso

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¡Gracias!

Exquisita palabra. Única e irreemplazable. Magnífica como arquetipo, siempre está en el medio de algo que se da y que se recibe marcando un antes y un después en tantos caminos de la vida. Su práctica puede tener variadas sutilezas, pero el mensaje siempre es el mismo: tómame y llévame como una sensación de buena compañía.

Estar bien acompañado con algo o con alguien suele ser origen de germinaciones que valen la pena cuidar. Una manta que abriga, la almohada que recibe el sueño, una melodía, la risa, el llanto, un tirón de orejas de vez en cuando, y que esa misma mano también acaricie cuando hace falta. ¡Cuántos motivos para dar gracias!

Tiene valor por sí misma y su existencia es tan genuina, que no necesita sinónimos que refuercen su significado. Significa exactamente lo que expresa: ¡Gracias!

Es quizás una de las palabras más emotivas y cercanas a la condición humana, que siempre necesita ser restaurada. Y allí está ella, con pinceles, colores, y trabajando con madera tallada.

Agradecer con palabras es importante, pero el verdadero brillo está en la actitud que se adopta. No es lo mismo decir gracias a secas, que acompañar con el tono de voz, la mirada, y hasta con una expresión corporal pertinente. No como al pasar ni por compromiso, sino de frente, honrando y enalteciendo lo que se está agradeciendo.

Dar y recibir las gracias es un comportamiento social que tiene que ver con cada sub cultura intrafamiliar. Si el niño crece en un ambiente donde este aprendizaje se da desde lo natural, le quedará como un saludable arraigo en permanente circulación a lo largo de toda su vida.

Hace unos días vi por televisión a un niño de 8 años en silla de ruedas que fue con su madre a ovacionar a uno de los jugadores de la Selección Argentina de fútbol, quien lo recibió en su casa. Cuando un periodista le preguntó qué le dijo por haber traído la Copa, el niño solamente dijo “gracias”. Individual y universal práctica que tanta falta hace para sembrar armonía. Como lo hace la canta autora chilena, Violeta Parra con estos toquecitos de arte:

“Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio dos luceros que cuando los abro perfecto distingo, lo negro del blanco  y en el alto cielo su fondo estrellado…”

Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado el sonido y el abecedario. Con él las palabras que pienso y declaro madre, amigo, hermano y luz alumbrando la ruta del alma del que estoy amando…”

Y como de esto se trata, ¡gracias, Violeta Parra, por la bella síntesis de tu intención literaria!

Eva Gazi

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La música y los libros

Caminar por la vida tomados de la mano de la música y un buen libro es un sendero en el que se alcanzan niveles supremos de plenitud.

Así como una flor irradia el esplendor oculto de la existencia, imagina a alguien leyendo un poema de Pablo Neruda con la música de fondo de un violín. Combinación perfecta para alcanzar la cima del éxtasis que nos devuelve la certeza de un mundo mejor, la empatía con los que sufren, la esperanza de lograr un alentador conocimiento de nosotros mismos.

No tengo dudas de que el camino para andar la vida en forma espléndida y superlativa es caminar tomados de la mano de la música y los libros que son como un diamante que alumbran y serenan el alma.

Olga Gazi

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La aldea de las infancias

Es un gusto compartir este texto con nuestros lectores y lectoras en el día de los jardines de infantes. Adriana, su autora, es maestra jardinera jubilada y pudo plasmar en palabras llenas de amor y experiencia cómo transcurrieron sus años en esa aldea maravillosa… ¡Gracias, Adriana!

La aldea a la que me referiré no es de cuentos, es real.

La conozco muy bien, casi les diría, de memoria. Con perfume a mandarinas y galletitas con jalea de frutilla, con migas de alfajor que invitan a merendar a los gorriones vecinos.

Cuando sus habitantes llegan -porque no siempre están allí-, un zumbido de murmullos envuelve el ambiente, las risas se cuelan a través de las hendijas colmando los espacios de colores.

Estos aldeanos son muy particulares, alborotan todo a su alrededor, su alegría contagia aunque, en ocasiones, irrumpen llantos que desaparecen rápidamente. Su apariencia suele identificarse con la de los duendes, esos seres especiales que desbordan vida y energía.

El arco iris asoma en esta aldea cuando ellos están presentes y, una vez que trasponen su portal, se agrupan siendo sus colores los que los identifican. Así, hay duendes amarillos, naranjas, violetas, azules, turquesas, fucsias, verdes y rojos. Una brillante campana, llama con su tañido a organizar la jornada. Cuando llega el momento del descanso y esparcimiento y se abren las puertas, ellos se arremolinan presurosos para salir y disfrutar: algunos leerán cuentos, otros treparán montañas o se balancearán en columpios de colores.

Casi, sin darse cuenta, llega la hora de ordenar cada cosa en su lugar, preparar el espacio para los otros duendes que están al llegar.

A este privilegiado espacio, llegan también las estaciones del año. El otoño trae sus crujientes y ocres hojas, el invierno invita a compartir historias maravillosas en mullidas alfombras, la primavera abre sus ventanas a flores y mariposas y el verano, apenas asoma  cuando la aldea se cierra y se sume en silencio total y absoluto.

Estos duendes trabajan demasiado. El juego es el motor de todas sus actividades. Así, se imaginan constructores de barcos de papel que en los días de lluvia, inician viajes por los intrincados riachuelos que se forman en las alcantarillas. En otras ocasiones, son astronautas que, en sus naves de cajas de cartón, visitan todos los planetas y estrellas del universo. Cuando el viento hace de las suyas, ellos salen a volar cometas de colores que juegan gustosos entre nubes de algodón.

Yo transité las callejuelas de esta aldea, fui parte junto con otros, de este espacio que aloja amorosamente a la niñez.

Esta aldea no es de cuentos, es real y está enclavada desde hace ochenta años en el corazón del barrio de Alta Córdoba. Esta aldea se llama Jardín de Infantes Dr. Manuel Lucero.

Adriana Cavigliasso

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Proverbio hindú

Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado es un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora.”

                                                                                             Proverbio hindú

¡Cuánta verdad y sabiduría en este proverbio! ¡Cuánto valor y sentido le da a la vida! Qué consuelo que existan estos proverbios que nos invitan a la reflexión y a sustraernos de todo lo que nos rodea para entrar en una suerte de camaradería con uno mismo, ayudándonos a comprender los misterios internos de la vida

No vivirlos ni pensarlos sería una sequedad y desolación; sería como la vida sin pan ni vino, sin risa ni llanto, sin entender la hermosura de la existencia hasta de una flor.

Un cerebro que habla nos ayuda a encarar la vida con actitud abierta y mente inquisidora. En un mundo que a veces parece prestar relieve a los placeres de la ignorancia, algunos hombres y mujeres buscan la gratificación del saber, del conocimiento. Seguro que en los libros encontraremos las herramientas que nos permitan sembrar una vida con colores y sus matices, con risas y llantos, con dolores y alegrías, con dudas y certezas.

Cuantas más palabras pongamos en el cerebro, más preparados estaremos para expresar y fundamentar nuestros argumentos, y entender las opiniones de los que no comulgan con los nuestros.

Si cierras un libro porque alguien te espera, no olvides de abrirlo de nuevo porque ese libro también te espera.

Olga Gazi

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Cómo construir una autoestima sana

“Sin querer queriendo”, como diría el famoso personaje televisivo, la autoestima pareciera que empieza a construirse desde el grito de nacimiento, en ese primer signo de una presencia que parece decir ¡aquí estoy! Un ser humano ha nacido y empieza a construirse como individuo en la imprescindible interacción con el otro.

 Poco a poco en ese camino de vida, al principio tan indiferenciado, va a ir integrando elementos que tienen que ver con la mismidad y la otredad. Solo una interacción armoniosa entre el yo y el otro puede asegurar el crecimiento individual con construcciones psicológicas y sociales saludables.

Las normas de convivencia, con sus aceptaciones y rechazos, van marcando rumbos y condicionando, de alguna manera, las metas vitales. Si bien la existencia humana tiene su sostén en las relaciones vinculares y el espíritu gregario, hay un espacio único que se transita vivencialmente desde lo personal-individual.

Ahí puedo verme a mí mismo como en un espejo interior en el que solo yo puedo ver esa imagen cargada de particularidad, y que tanto tiene que ver con la autoestima. Esta aparece en la dimensión psicológica individual y social cuando empezamos a aceptarnos tal como somos. Maravillosa singularidad con principio, desarrollo y final irrepetible. No hay generalidad de una cultura, pueblo o credo que pueda lograr su réplica. Somos únicos e irrepetibles.

¿Cómo se logra una autoestima sana?

Desde la práctica, fundamentalmente. Al más puro estilo de un concertista instrumental, una modista, un cocinero, un cirujano, en definitiva, de todo el quehacer humano que implique un aprendizaje.

¿Qué hace falta practicar?

La comunicación asertiva con uno mismo y con los demás. Hacer suposiciones que nos pierden en laberintos es entrar en un circuito de descomunicación que empaña el espejo interior y nos impide vernos más claramente. Comunicar abiertamente lo que pensamos y sentimos cuando las dudas nos invaden, es una de las “vitaminas” que más refuerzan la autoestima.

Saber decir no es un buen atajo que evita un sinuoso y largo camino de desgaste en las relaciones. Un no fundamentado destierra la culpa, que siempre está al acecho. Decir no es una forma de cuidarnos; es como un botón que enciende una luz y le pone más brillo a la imagen de nuestro espejo.

Atender nuestras necesidades y asuntos internos es un buen ejercicio, sobre todo cuando hemos entrado en esa “zona roja” de priorizar consuetudinariamente lo que nos demandan los otros. No esperemos que la imagen de nuestro espejo nos pase factura.

Evitando la comparación con los otros ayuda a centrarse en lo que es importante para uno. Si estoy cociendo una prenda, mientras escucho un concierto o el editorial de una periodista y por la ventana diviso un jardinero trabajando con las plantas, es saludable pensar que, en esa simultánea concurrencia de roles, cada uno está haciendo lo que sabe, puede o quiere. Y es aplicable para todas las instancias de la vida, la propia y las ajenas.

Siempre es posible, corregir, mejorar y desechar, sin descalificar los aportes de los que nos observan desde afuera porque están presentes en la representación que nos hacemos de nosotros mismos. La valoración del entorno o, por el contrario, la descalificación, es un factor determinante en la configuración de la autoestima. Pero llegado el momento habrá que poner en práctica el aceptar o rechazar desde la propia valoración.

Cuando las buenas prácticas devienen en saludables hábitos, la autoestima nos fortalece y se convierte en una de las mejores fuentes aseguradoras del porvenir.

Una buena técnica consiste en crear un Credo sobre uno mismo. Cuántas sorpresas nos esperan al bucear sobre nuestros logros, éxitos y fracasos que no nos voltearon, sueños alcanzados, aciertos y hasta errores que habrá que corregir. Creo en mí, porque pude decirle lo que pienso a… Creo en mí, porque decidí apartarme de… Creo en mí, porque…

Podríamos llamarlo un Credo a la Autoestima. ¡Hermosa y cálida sensación, que cuando es sana, qué bien acompaña!

Eva Gazi