“Sin querer queriendo”, como diría el famoso personaje televisivo, la autoestima pareciera que empieza a construirse desde el grito de nacimiento, en ese primer signo de una presencia que parece decir ¡aquí estoy! Un ser humano ha nacido y empieza a construirse como individuo en la imprescindible interacción con el otro.
Poco a poco en ese camino de vida, al principio tan indiferenciado, va a ir integrando elementos que tienen que ver con la mismidad y la otredad. Solo una interacción armoniosa entre el yo y el otro puede asegurar el crecimiento individual con construcciones psicológicas y sociales saludables.
Las normas de convivencia, con sus aceptaciones y rechazos, van marcando rumbos y condicionando, de alguna manera, las metas vitales. Si bien la existencia humana tiene su sostén en las relaciones vinculares y el espíritu gregario, hay un espacio único que se transita vivencialmente desde lo personal-individual.
Ahí puedo verme a mí mismo como en un espejo interior en el que solo yo puedo ver esa imagen cargada de particularidad, y que tanto tiene que ver con la autoestima. Esta aparece en la dimensión psicológica individual y social cuando empezamos a aceptarnos tal como somos. Maravillosa singularidad con principio, desarrollo y final irrepetible. No hay generalidad de una cultura, pueblo o credo que pueda lograr su réplica. Somos únicos e irrepetibles.
¿Cómo se logra una autoestima sana?
Desde la práctica, fundamentalmente. Al más puro estilo de un concertista instrumental, una modista, un cocinero, un cirujano, en definitiva, de todo el quehacer humano que implique un aprendizaje.
¿Qué hace falta practicar?
– La comunicación asertiva con uno mismo y con los demás. Hacer suposiciones que nos pierden en laberintos es entrar en un circuito de descomunicación que empaña el espejo interior y nos impide vernos más claramente. Comunicar abiertamente lo que pensamos y sentimos cuando las dudas nos invaden, es una de las “vitaminas” que más refuerzan la autoestima.
– Saber decir no es un buen atajo que evita un sinuoso y largo camino de desgaste en las relaciones. Un no fundamentado destierra la culpa, que siempre está al acecho. Decir no es una forma de cuidarnos; es como un botón que enciende una luz y le pone más brillo a la imagen de nuestro espejo.
– Atender nuestras necesidades y asuntos internos es un buen ejercicio, sobre todo cuando hemos entrado en esa “zona roja” de priorizar consuetudinariamente lo que nos demandan los otros. No esperemos que la imagen de nuestro espejo nos pase factura.
– Evitando la comparación con los otros ayuda a centrarse en lo que es importante para uno. Si estoy cociendo una prenda, mientras escucho un concierto o el editorial de una periodista y por la ventana diviso un jardinero trabajando con las plantas, es saludable pensar que, en esa simultánea concurrencia de roles, cada uno está haciendo lo que sabe, puede o quiere. Y es aplicable para todas las instancias de la vida, la propia y las ajenas.
Siempre es posible, corregir, mejorar y desechar, sin descalificar los aportes de los que nos observan desde afuera porque están presentes en la representación que nos hacemos de nosotros mismos. La valoración del entorno o, por el contrario, la descalificación, es un factor determinante en la configuración de la autoestima. Pero llegado el momento habrá que poner en práctica el aceptar o rechazar desde la propia valoración.
Cuando las buenas prácticas devienen en saludables hábitos, la autoestima nos fortalece y se convierte en una de las mejores fuentes aseguradoras del porvenir.
Una buena técnica consiste en crear un Credo sobre uno mismo. Cuántas sorpresas nos esperan al bucear sobre nuestros logros, éxitos y fracasos que no nos voltearon, sueños alcanzados, aciertos y hasta errores que habrá que corregir. Creo en mí, porque pude decirle lo que pienso a… Creo en mí, porque decidí apartarme de… Creo en mí, porque…
Podríamos llamarlo un Credo a la Autoestima. ¡Hermosa y cálida sensación, que cuando es sana, qué bien acompaña!
Eva Gazi