Exquisita palabra. Única e irreemplazable. Magnífica como arquetipo, siempre está en el medio de algo que se da y que se recibe marcando un antes y un después en tantos caminos de la vida. Su práctica puede tener variadas sutilezas, pero el mensaje siempre es el mismo: tómame y llévame como una sensación de buena compañía.
Estar bien acompañado con algo o con alguien suele ser origen de germinaciones que valen la pena cuidar. Una manta que abriga, la almohada que recibe el sueño, una melodía, la risa, el llanto, un tirón de orejas de vez en cuando, y que esa misma mano también acaricie cuando hace falta. ¡Cuántos motivos para dar gracias!
Tiene valor por sí misma y su existencia es tan genuina, que no necesita sinónimos que refuercen su significado. Significa exactamente lo que expresa: ¡Gracias!
Es quizás una de las palabras más emotivas y cercanas a la condición humana, que siempre necesita ser restaurada. Y allí está ella, con pinceles, colores, y trabajando con madera tallada.
Agradecer con palabras es importante, pero el verdadero brillo está en la actitud que se adopta. No es lo mismo decir gracias a secas, que acompañar con el tono de voz, la mirada, y hasta con una expresión corporal pertinente. No como al pasar ni por compromiso, sino de frente, honrando y enalteciendo lo que se está agradeciendo.
Dar y recibir las gracias es un comportamiento social que tiene que ver con cada sub cultura intrafamiliar. Si el niño crece en un ambiente donde este aprendizaje se da desde lo natural, le quedará como un saludable arraigo en permanente circulación a lo largo de toda su vida.
Hace unos días vi por televisión a un niño de 8 años en silla de ruedas que fue con su madre a ovacionar a uno de los jugadores de la Selección Argentina de fútbol, quien lo recibió en su casa. Cuando un periodista le preguntó qué le dijo por haber traído la Copa, el niño solamente dijo “gracias”. Individual y universal práctica que tanta falta hace para sembrar armonía. Como lo hace la canta autora chilena, Violeta Parra con estos toquecitos de arte:
“Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me dio dos luceros que cuando los abro perfecto distingo, lo negro del blanco y en el alto cielo su fondo estrellado…”
Gracias a la vida que me ha dado tanto. Me ha dado el sonido y el abecedario. Con él las palabras que pienso y declaro madre, amigo, hermano y luz alumbrando la ruta del alma del que estoy amando…”
Y como de esto se trata, ¡gracias, Violeta Parra, por la bella síntesis de tu intención literaria!
Eva Gazi
